Siempre mediodía

En Amaia se conjunta, en perfecta dicotomía, el ser diminuto y sencillo que apenas conoce el mundo, con otro indescriptible, sabio y majestuoso. Amaia es, al mismo tiempo, ajena y distante, también poderosa, familiar y antigua. Amaia llega para recordar a sus padres que habita en un tiempo sin tiempo, un espacio inalcanzable y mítico en el que sólo tienen cabida las cosas más majestuosas e inenarrables.

Un poeta, un suicida

Para Jabés, el pensamiento y la poesía son siameses unidos por la cabeza; yo diría más bien, que son amantes separados por la cabeza. Todo sistema es la ruina de la expresión poética, como toda política es la ruina de la individualidad. El amor propio, en nuestros días, nace estigmatizado por una serie de convenciones sociales que castran al deseo y lo convierten en una teatralidad idiota, ya sea la de Edipo o la de Hollywood. Ritualismos plásticos que deviene en la necesidad de reclamar la propia vida a costa de ella misma. No se puede ser con base en la constante premisa de no ser uno mismo, sino una colectividad de pensamientos y emociones compartidas y enajenantes.

El apadrinado del diablo

Una leyenda dice que si un músico de blues quiere tener éxito, debe ir a un cruce de caminos a la medianoche, tocar ahí algo de su autoría y esperar a que aparezca el Diablo en la forma de un hombre negro. Este hombre le pide cortésmente la guitarra al músico, la afina y se la regresa. Y así, mágicamente, el músico obtiene las habilidades para interpretar el blues de manera soberbia, tal como lo hizo Robert Johnson