"La soledad sería esta melodía rota de mis frases…" – Selección de poemas de Alejandra Pizarnik



El poema es espacio y hiere
Recién leí “Poesía Completa” de Alejandra Pizarnik. No pude evitar realizar la siguiente compilación de poemas, como ya lo he hecho con algunos otros autores. Este libro es una verdadera herida abierta, profundamente femenino y a la vez triste, delicado, melancólico… un oscuro preludio al propio suicidio de Alejandra, un grito de soledad en medio de la noche…
Foto: Sandra Peña
REMINISCENCIAS
 
y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números giran insidiosos
ennegreciendo las confituras
y el tiempo estranguló mi estrella
caminaba trillada sobre pozo oscuro
los brillos lloraban a mis verdores
y yo miraba y yo miraba        
y el tiempo estranguló mi estrella
recordar tres rugidos de
tiernas montañas y radios oscuras
dos copas amarillas
dos gargantas raspadas
dos besos comunicantes de la visión de
       una existencia a otra existencia
dos promesas gimientes de
       tremendas locuacidades ajenas
dos promesas de no ser de sí ser de no ser
dos sueños jugando la ronda del sino en
      derredor de un cosmos de
      champagne amarillo blanquecino
dos miradas cerciorando la avidez de una
      estrella chiquita
y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números ríen en volteretas desabridas
 muere uno
 nace uno
y el tiempo estranguló mi estrella
sones de nenúfares ardientes
desconectan mis futuras sombras  
un vaho desconcertante rellena
     mi soleado rincón
  
  la sombra del sol tritura la
     la esfinge de mi estrella
las promesas se coagulan
frente al signo de estrellas estranguladas
y el tiempo estranguló mi estrella
pero su esencia existirá
en mi intemporal interior
brilla esencia de mi estrella!
LA DE LOS OJOS ABIERTOS
la vida juega en la plaza
con el ser que nunca fui
y aquí estoy
baila pensamiento
en la cuerda de mi sonrisa
y todos dicen esto pasó y es
va pasando
va pasando
mi corazón
abre la ventana
vida
aquí estoy
mi vida
mi sola y aterida sangre
percute en el mundo
pero quiero saberme viva
pero no quiero hablar
de la muerte
ni de sus extrañas manos.
LA ENAMORADA
esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.
hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado
oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!
NOCHE
                               Quoi, toujours? Entre
                                       moi sans cesse et
                                le bonheur!
                                              G. De Nerval
Tal vez esta noche no es noche,
debe ser un sol horrendo, o
lo otro, o cualquier cosa…
¡Qué sé yo! ¡Faltan palabras,
falta candor, falta poesía
cuando la sangre llora y llora!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Si sólo me fuera dado palpar
las sombras, oír pasos,
decir «buenas noches» a cualquiera
que pasease su perro,
miraría la luna, dijera su
extraña lactescencia, tropezaría
con piedras al azar, como se hace.
Pero hay algo que rompe la piel,
una ciega furia
que corre por mis venas.
¡Quiero salir! Cancerbero del alma:
¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Aún quedan ensueños rezagados.
¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces!
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?
La muerte está lejana. No me mira.
¡Tanta vida Señor!
¿Para qué tanta vida?
SIEMPRE
Cansada del estruendo mágico de las vocales
Cansada de inquirir con los ojos elevados
Cansada de la espera del yo de paso
Cansada de aquel amor que no sucedió
Cansada de mis pies que sólo saben caminar
Cansada de la insidiosa fuga de preguntas
Cansada de dormir y de no poder mirarme
Cansada de abrir la boca y beber el viento
Cansada de sostener las mismas vísceras
Cansada del mar indiferente a mis angustias
¡Cansada de Dios! ¡Cansada de Dios!
Cansada por fin de las muertes de turno
a la espera de la hermana mayor
la otra la gran muerte
dulce morada para tanto cansancio.
FIESTA EN EL VACÍO
Como el viento sin alas encerrado en mis ojos
es la llamada de la muerte.
Sólo un ángel me enlazará al sol.
Dónde el ángel,
dónde su palabra.
Oh perforar con vino la suave necesidad de ser.
HIJA DEL VIENTO
Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencia,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.
Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.
Tú lloras debajo de tu llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.
Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.
LA CAÍDA
Música jamás oída,
Amada en antiguas fiestas.
¿Ya nunca volveré a abrazar
al que vendrá después del final?
Pero esta inocente necesidad de viajar
entre plegarias y aullidos.
Yo no sé. No sé sino el rostro
de cien ojos de piedra
que llora junto al silencio
y que me espera.
Jardín recorrido en lágrimas,
habitantes que besé
cuando mi muerte aún no había nacido.
En el viento sagrado
tejían mi destino.
AZUL
mis manos crecían con música
detrás de las flores
pero ahora
por qué te busco, noche,
por qué duermo con tus muertos
LA CARENCIA
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
EL AUSENTE
I
La sangre quiere sentarse.
Le han robado su razón de amor.
 Ausencia desnuda.
Me deliro, me desplumo.
¿Qué diría el mundo si dios
lo hubiera abandonado así?
II
Sin ti
el sol cae como un muerto abandonado.
Sin ti
me torno en mis brazos
y me llevo la vida
a mendigar fervor.
DESDE ESTA ORILLA
Soy pura
porque la noche que me encerraba
en su negror mortal
ha huido.
W. BLAKE
Aún cuando el amado
brille en mi sangre
como una estrella colérica,
me levanto de mi cadáver
y cuidando de no hollar mi sonrisa muerta
voy al encuentro del sol.
Desde esta orilla de nostalgia
todo es ángel.
La música es amiga del viento
amigo de las flores
amigas de la lluvia
amiga de la muerte.
1
He dado el salto de mí al alba. He dejado mi cuerpo junto a la luz y he cantado la tristeza de lo que nace
19
cuando vea los ojos que tengo en los míos tatuados
23
una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos
33
alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va
                         A Ester Singer
 
 
 
 
35
Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de
fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la
noche, déjate caer y doler, mi vida.
**
los náufragos detrás de la sombra
abrazaron a la que se suicidó
con el silencio de su sangre
lo noche bebió vino
y bailó desnuda entre los huesos de la niebla
I
Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.
EN TU ANIVERSARIO
Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.
Recibe este amor que te pido.
Recibe lo que hay en mí que eres tú.   
AMANTES
 una flor
 no lejos de la noche
 mi cuerpo mudo
 se abre
a la delicada urgencia del rocío
EL OLVIDO
en la otra orilla de la noche
el amor es posible
-llévame –
llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria
VERDE PARAÍSO
extraña que fui
cuando vecina de lejanas luces
atesoraba palabras muy puras
para crear nuevos silencios
SOMBRA DE LOS DÍAS A VENIR
                   A Ivonne A. Bordelois
Mañana
me vestirán con cenizas al alba
me llenarán la boca de flores.
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.
LINTERNA SORDA
 Los ausentes soplan y la noche es densa.
La noche tiene el color de los párpados del muerto.
Toda la noche hago la noche.
Toda la noche escribo.
Palabra por palabra yo escribo la noche.
ESTAR
Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.
No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.
Signos en los muros
narran la bella lejanía.
(Haz que no muera
sin volver a verte)
ADIOSES DEL VERANO
Suave rumor de la maleza creciendo. Sonidos de lo que destruye el
viento. Llegan a mí como si yo fuera el corazón de lo que existe. Quisiera
estar muerta y entrar yo también en un corazón ajeno.
CAMINOS DEL ESPEJO
II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo
como un pájaro del borde filoso de la noche.
XIV
 La noche tiene la forma de un grito de lobo.
**
Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños.
**
Toda la noche escucho el llamamiento de la muerte, toda la noche
escucho el canto de la muerte junto al río, toda la noche escucho la
voz de la muerte que me llama.
**
Y yo caminaría por todos los desiertos de este mundo y aún muerta te seguiría buscando, a ti, que fuiste el lugar del amor.
**
(Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.)
**
En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída. ¿Y qué? Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.
**
Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.
**
FUGA EN LILA
Había que escribir sin para qué, sin para quién.
El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara.
Si silencio es tentación y promesa.
LAZO MORTAL
Palabras emitidas por un pensamiento a modo de tabla del náufrago.
Hacer el amor adentro de nuestro abrazo significó una luz negra: la
oscuridad se puso a brillar. Era la luz reencontrada, doblemente apagada
pero de algún modo más viva que mil soles. El color del mausoleo
infantil, el mortuorio color de los detenidos deseos se abrió en la salvaje
habitación. El ritmo de los cuerpos ocultaba el vuelo de los cuervos. El
ritmo de los cuerpos cavaba un espacio de luz adentro de la luz.
L’OBSCURITÉ DES EAUX
Escucho resonar el agua que cae en mi sueño. Las palabras caen como
el agua yo caigo. Dibujo en mis ojos la forma de mis ojos, nado en mis
aguas, me digo en mis silencios. Toda la noche espero que mi lenguaje
logre configurarme. Y pienso en el viento que viene a mí, permanece en
mí. Toda la noche he caminado bajo la lluvia desconocida. A mí me han
dado un silencio pleno de formas y visiones (dices). Y corres desolada
como el único pájaro en el viento.
**
Sí, lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario.
**
NOCTURNO DE CHOPIN POR UN PIANISTA DE CUATRO AÑOS
Su música me lleva
a un acantilado con un pájaro
que juega a oírse cantar.
Su música me alumbra en la lluvia
por donde vamos yo y una jaula vacía.
**
APROXIMACIONES
abrazando a tu sombra en un sueño
mis huesos se arqueaban como flores
*
Mi corazón es absurdo como un máscara en la lluvia
El espanto lo asemeja al mar
Mi cuerpo es una invasión de tambores en el silencio de la noche
*
Yo no canto, no celebro,
no bailo desnuda y ebria
sobre mi ataúd.
Pero yo le ruego al poema,
yo le pido la luna la poema.
*
Escribes poemas
porque necesitas
un lugar
en donde sea lo que no es
LA CELESTE SILENCIOSA AL BORDE DEL PANTANO
                                                                        A Enrique Pichón Rivière
Cerraron el rostro que fue idéntico al más alto sueño de la augusta
infancia y pájaros temerosos en despliegue rapidísimo de plumas negras
hicieron el paisaje del perfecto terror. Soy tu silencio, tu tragedia, tu
veladora. Puesto que sólo soy noche, puesto que toda noche de mi vida es
tuya.
DENSIDAD
Yo era la fuente de la discordancia, la dueña de la disonancia, la niña del
áspero contrapunto. Yo me abría y me cerraba en un ritmo animal muy puro.
CASA DE LA MENTE
la casa mental
reconstruida letra por letra
palabra por palabra
en mi doble figura de papel
atraviesa el mar de tinta
para dar un nueva forma
 a un nuevo sentimiento
abre la boca
verde de sin raíces
la palabra sin su cuerpo
la noche me pronuncia
un nuevo orden musical
de colores de cuerpos de excedentes
de formas pequeñas
que se mueven gritan dicen nunca
la noche dice nunca
en un poema
                                 14/IV/1970
A UN POEMA ACERCA DEL AGUA, DE SILVINA OCAMPO
                                                        A Silvina y a la condesa de Trípoli
                                                        que emana toda la noche profecías
                                                                                                                O. PAZ
Tu modo de silenciarte en el poema.
Me abrís como a una flor
(sin duda una flor pobre, lamentable)
que ya no esperaba la terrible delicadeza
de la primavera. Me abrís, me abro,
me vuelvo de agua en tu poema de agua
que emana toda la noche profecías.
**
El poema es espacio y hiere.
**
Yo preparo mi muerte
**
Hay palabras con manos
PRESENCIA DE SOMBRA
Alguien habla. Alguien me dice.
Extraordinario silencio el de esta noche.
 lguien proyecta su sombra en la pared de mi cuarto.
Alguien me mira con mis ojos que no son los míos.
Ella escribe como una lámpara que se apaga, ella escribe como una
lámpara que se enciende.
Camina silenciosa.
La noche es una mujer vieja con la cabeza llena de flores.
La noche no es la hija preferida de la reina loca.
Camina silenciosa hacia la profundidad hija de los reyes.
De demencia la noche, de no tiempo.
De memoria la noche, de siempre sombras.
**
viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no son genial; sos
un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que mataría a todos estos médico adolescentes para
darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)
SOUS LA NUIT
                                                                        A Y. Yván Pizarnik de Kolikovski, mi padre
Los ausentes soplan grismente y la noche es densa. La noche tiene el
color de los párpados del muerto.
Huyo toda la noche, encauzo la persecución y la fuga, canto un canto
para mis males, pájaros negros sobre mortajas negras.
Grito mentalmente, el viento demente me desmiente, me confino, me
alejo de la mano crispada, no quiero saber otra cosa que este clamor, este
resolar en la noche, esta errancia, este no hallarse.
Toda la noche hago la noche.
Toda la noche me abandonas lentamente como el agua cae lentamente.
Toda la noche escribo para buscar a quien me busca.
Palabra por palabra yo escribo la noche.
PARA JANIS JOPLIN
(fragmento)
a cantar dulce y a morirse luego.
no:
a ladrar.
así como duerme la gitana de Rousseau.
así cantás, más las lecciones de terror.
para crear o decir una pequeña canción,
gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia
eso hiciste vos, eso yo.
me pregunto si eso no aumentó el error.
hiciste bien en morir.
por eso te hablo,
por eso me confío a una niña monstruo.
RECUERDOS DE LA PEQUEÑA CASA DEL CANTO
Era azul como su mano en el instante de la muerte. Era su mano
crispada, era el último orgasmo. Era su pija parada como un pájaro que
está por llover, parada para recibirla a ella, la muerte, la amante (o no)
Ya no sé hablar. ¿Con quién?
Nunca encontré un alma gemela. Nadie fue un sueño. Me dejaron con
los sueños abiertos, con mi herida central abierta, con mi desgarradura.
Me lamento; tengo derecho a hacerlo. Asimismo, desprecio a los que no
se interesan por mí. Mi sólo deseo ha sido
No lo diré. Hasta yo, o sobre todo yo, me traiciono. Como un niño de
pecho he acallado mi alma. Ya no sé hablar. Ya no puedo hablar. He
desbaratado lo que me dieron, que era todo lo que tenía. Y es otra vez la
muerte. Se cierne sobre mí, es mi único horizonte. Nadie se parece a mi
sueño. He sentido amor y lo maltrataron, sí, a mí que nunca había
querido. El amor más profundo desaparecerá para siempre. ¿Qué
podemos amar que no sea una sombra? Murieron ya los sueños sagrados
de la infancia y la naturaleza también, la que amaba
                                                                                                                                abril 1972

El hombre del antifaz azul, por Alejandra Pizarnik

La caída
A. empezaba a cansarse de estar sentada sin nada que hacer.
No hace nada pero no hace mal, recordó.
Un hombrecillo de antifaz azul pasó corriendo junto a ella. A. no consideró extraordinario que el hombrecillo exclamara:
                — Los años pasan; voy a llegar tarde.
Sin embargo, cuando el enmascarado sacó de un bolsillo una pistola, y después de consultarla como a un reloj, aceleró el paso.
A. se incorporó, y ardiendo en curiosidad, corrió detrás del ocultado, llegando con el tiempo justo de verlo desaparecer por una madriguera disimulada. Inmediatamente, entró tras él.
La madriguera parecía como un túnel, pero de pronto, y esto era del todo inesperado, torcía hacia abajo tan bruscamente que A. se encontró cayendo
—como aspirada por la boca del espacio — por lo que parecía ser un pozo.
O el pozo era muy hondo o ella caía con la lentitud de un pájaro, pues tuvo tiempo, durante la caída, de mirar atentamente a su alrededor y preguntarse qué iba a suceder a continuación (¿acaso el encuentro del suelo con su cabeza?). Primero trató de mirar hacia abajo, para informarse del sitio en donde iba a caer, pero la oscuridad era demasiado intensa; después miró a los lados y observó que las paredes del pozo estaban cubiertas de armarios llenos de objetos. Vio, entre otras cosas, mapas, bastones de caramelo, manos de plata asidas a un piano, monóculos, bracitos de muñecos, guantes de dama santiguas, un astrolabio, un chupete, un cañón, un caballo pequeñísimo espoleado por un San Jorge de juguete embistiendo a un dragón de plexiglás, un escarabajo de oro, un caballo de calesita, un dibujo de la palma de la mano de Lord Chandos, una salamandra, una niña llorando a su propio retrato, una lámpara para no alumbrar, una jaula disfrazada de pájaro… En fin, tomó de uno de los estantes una caja negra de vidrio pero comprobó, no sin decepción, que estaba vacía. No queriendo tirar la caja por miedo de matar a alguien que estuviera más abajo, la tiró igual.
                — Después de una caída así rodar por una escalera no tendrá ninguna importancia — pensó.
Evocó escaleras, las más desgastadas, a fin de convocar muertos y otros motivos de miedos oscuros. Pero se sentía valiente y no podía no recordar este verso: La caída sin fin de muerte en muerte.
 
 ¿Es que no terminaría nunca la caída? Seguía cayendo, cayendo. No le era dado hacer otra cosa. Recordó:
… caen
los hombres resignados
ciegamente, de hora
en hora, como agua
de una peña arrojada
a otra peña, a través de los años
en lo incierto, hacia abajo.
A. comenzaba a sentir sueño; mientras seguía cayendo se escuchó preguntar:
                — ¿Y qué pasa si uno no se muere? ¿Y qué muere si uno no se pasa?
Como no podía contestarse a ninguna de las preguntas, tanto daba formular una que otra. Sus ojos se cerraron y soñó que conducía un camión de transporte de antifaces.
De repente, se estrelló contra un colchón. La caída había terminado.
El centro del mundo 
A.  miró hacia arriba: todo estaba muy oscuro. Ante ella había otro túnel con el hombrecillo corriendo. Tuvo tiempo de oírlo exclamar:
                 — ¡Por mi verga alegre, es tardísimo!
Un  segundo  después,  el  enmascarado había  desaparecido.
A.  se encontró, de súbito, en una habitación llena de puertas, pero  todas cerradas, como lo supo cuando las hubo probado una tras otra. De pronto descubrió en su mano una llave de oro. Su intento  de abrir con ella alguna puerta resultó vano.  Sin embargo, al volver a recorrer la habitación, advirtió otra puerta verde de unos  cincuenta centímetros de altura. Con alegría, acaso con incredulidad, notó que la llavecita entraba en la cerradura (… cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura, recordó).
 Abrió la puerta verde y vio un pasillo no mayor que una bañera para pájaros. Por un hueco en forma de ojo, miró el bosque en  miniatura más hermoso que pueda  ser imaginado  (teniendo  en cuenta los poderes supremos de la imaginaci6n). Nada deseó más que introducirse por aquel hueco y llegar hasta esas estatuas  de colores junto a la fuente de fresca  agua prenatal, pero  como no era posible, A. deseó reducirse de tamaño.
 — Estoy segura de que hay algún medio —dijo.
 Tantas cosas habían ocurrido desde que nació, que A. no creía ya que hubiese nada imposible ni,  tampoco, nada posible.
Esperar frente a la puerta verde  era inútil. Volvió junto  a la mesa, esperando  encontrar en ella alguna mano (o un  guante, aunque fuera) que le estuviese tendido un papel con instrucciones de cómo se hace para que la gente empequeñezca y pueda  entrar en un bosque.  Pero  solo  encontró una botella  que poco antes no estaba allí y que tenía una etiqueta con estas palabras:
Bébeme y serás  la otra que temes ser. 
 
                 —Sí —dijo. Y bebió largamente hasta vaciar la botella.
                 — ¡Qué sensación psicodélica! —exclamó A. —. Debo de estar achicándome como un toro observado desde muy lejos por un pajarito miope que se quitó los anteojos.
La estatura de A. se había reducido a unos veinte centímetros. El corazón se le iluminó al pensar que el tamaño de su cuerpo era el necesario para llegar al bosque.
 Y es un pequeño lugar perfecto aunque vedado. Y es un lugar peligroso. El peligro consistiría  en su carácter esencialmente inseguro y fluido, sinónimo de las más imprevistas metamorfosis, puesto que el espacio deseado, así como los objetos que encierra,  están sometidos a una incesante serie de mutaciones inesperadas y rapidísimas.
A.  estaba segura de que su estado de pequeñez actual valía la pena. Sabía que los caminos que llevan al centro son variadamente arduos: rodeos, vueltas, peregrinaciones, extravíos de laberintos.  Por eso el centro  (que en este cuento es un bosque en miniatura)  configura un espacio cualitativamente distinto del espacio profano. En cuanto al tiempo… Pero aquí dejó de pensar porque se dio  cuenta de que se había olvidado la llave. Al volver a la mesa en su busca no  le fue posible  alcanzarla. Intentó  encaramarse por una de las patas pero cuando se hubo cansado de hacer pruebas inútiles y de compararse con Gregorio Samsa, se sentó  en el suelo y  se echó a  llorar. A orillas del Leman me senté y lloré…
—Pero si no hay ante quien llorar… —dijo.
De pronto  su mirada se detuvo en una botellita que yacía debajo de la mesa con una  etiqueta sobre la cual estaba escrito:
Bébeme y veras cosas cuyo nombre no es sonido ni silencio. 
 
—Si esto me hace  crecer —dijo A. — alcanzaré la llave, y si me empequeñece, podré pasar por debajo de la puerta. Con tal de llegar al bosque no me importa lo que me pase.
 Bebió un sorbo. Sorprendida, notó que su cuerpo permanecía igual a sí mismo.  ¿Cómo era posible? Ella esperaba cosas tan maravillosas que lo habitual le resultaba  extraño y hasta grotesco.  Decidió arriesgarse del todo y bebió  enteramente el contenido de la botellita. Pensó que el destino aprecia la monotonía puesto que la dicha o el infortunio del hombre a menudo cabe en  una botella.
 Cuando nada pasa 
 
—Me  estoy  alargando como un poema  dedicado al océano —dijo—. Ignoro adónde van mis pies (los vio  alejarse hasta perderse de vista).
Simultáneamente, su cabeza rompió el techo y tropezó con la copa de un árbol. Ya media tres metros. Fiel a su deseo más profundo, se adueñó de la llave y abrió la puerta verde.  Pero todo  lo  que pudo hacer fue  mirar el pasillo.  En cuanto a atravesarlo ¿qué más  difícil para una giganta? De nuevo  se echó a llorar. (Lloro porque  no puedo  satisfacer mi pasión…  recordó.) Prosiguió derramando lágrimas hasta que a  su alrededor  se formó  una laguna.
                — Puesto que se formó por culpa de mi falta de armonía con el suceder de las cosas, la llamaré Laguna de la Disonancia.
Dijo, y se le ocurrió este poema:
               Tendremos un buque fantasma 
               Para  ir al campo 
               y  tendremos un sueño para  el invierno 
               Y otro para  el verano 
               Lo cual suma dos sueños. 
Nadie  escuchaba sus versos.
 —Sucede que una se cansa de estar sola —dijo—. Quisiera ver otras personas, aunque fuera gente sin cara.
 Relaciones sociales
A. se acariciaba la mano derecha con la mano izquierda, lo que la obligó a mirarlas y a descubrir que estaba reduciéndose.
Otra vez dueña de un cuerpo minúsculo, corrió a la puertita: otra vez se encontró con que estaba cerrada y la llave, como antes,  sobre la mesa. Al pensar en Nietzsche y en el tiempo circular, resbaló y se hundió en agua salada. Creyó haber caído en el mar; poco duró en saber que se hallaba en la Laguna de la Disonancia. Se puso a nadar en busca de una playa. Dijo:
—Este será mi castigo: ahogarme en mis propias lágrimas. ¿Por qué lloré?  (J’ai tant cherché à lire dans mes ruisseaux des  larmes, recordó.)
Oyó caer algo en el charco, y nadó hacia allí; creyó que sería un submarino o una ballena, pero recordó a tiempo lo pequeña que era. Así, comprobó que se trataba de una muñeca. Acercándose a ella, le preguntó:
— ¿Sabría usted decirme la manera de salir de este charco?
La muñeca le dirigió una mirada llena de reproches pero no contestó.
Segura de que había ofendido misteriosamente a la muñeca, A. se apresuró a disculparse:
—Si lo prefiere, no hablemos más.
— ¿Hablemos? —dijo la muñeca—¡Cómo si yo hubiese hablado! Sepa que en mi familia se odia a los que hacen preguntas.
A. se apresuró a decir:
— ¿Te… te… gustan las muñecas? ¡Oh! Me parece que he vuelto a preguntarte.
Y es que la muñeca se alejaba de ella nadando con todas sus fuerzas.
A. la llamó:
—Querida muñeca, por favor, vuelve y no hablaremos más.
La muñeca pareció meditar: luego dio media vuelta y nadó hacia A. Al llegar junto a ella le dijo:
—Nademos hacia la orilla, en donde hablaremos, aun si no se debe ni se puede.
LA CONVERSADERA
—La marquesa salió a las cinco y cinco.
—Hay  muchas en la región donde existen cariátides de luz indefinible.
—… “tus senitos benjamines”, dijo Lugones y yo me asusté.
—Los sátiros asustan. Había uno que me propuso esta adivinanza: “Tengo una cosa blanca como un cisne y no es cisne. ¿Qué es?” Me regaló La Historia de Roma. Abrí el libro para leerlo y lo encontré lleno de pinturas sobre las costumbres sexuales de los humanos y viendo retratada la parte teórica me entraron ganas de probar las escenas pintadas.
—Tus palabras me parecen tan vivas que me han hecho como mearme. Yo pienso que este mundo está como corrompido, pero que lo abandone el que quiera. Yo, ni pienso.
—Desde luego, no es fácil aceptar la realidad.
—Por donde menos se espera, saldrá el elefante.
— ¿Habló en serio?
—Sí, dijo una cosa que no tenía ni pies ni cabeza.
—Entonces, ¿para qué ahogarse en un vaso de agua?
—Claro, ¿y si uno pierde la cabeza?
—Ahí en la niebla he visto una sombra.
—Hay días en que quisiera irme al olvido, al viento…
—Ahí en la niebla hay alguien; los ojos de la estatua exaltan su silencio.
—Adoro la flagrancia y la retórica. Escucha esto: Que quiera, que no quiera, días y días pasaron desde que caí en un pozo. O quiera, o no quiera, yo hablo aun si no debería.
—De acuerdo. Pero lo que no comprendo son las familias de palabras. Una vez mi abuela incluyó en una misma frase “teja y tejo” y “lógobre y lúgubre”.
— ¡Oh!