Una brevísima historia de la contracultura mexicana

Cien años peleando contra el mismo enemigo, con nombre distinto cada vez.

Más de 250 mil vistas, cientos de comentarios, y al final la misma pregunta repitiéndose: ¿quién es, en realidad, el enemigo común?

Esto no es una historia completa de la contracultura mexicana. Sería imposible. Es, más bien, un mapa —parcial, con huecos a propósito y otros sin querer— trazado a partir de una serie de publicaciones que esta revista llevó a Facebook durante el verano de 2026, y de las historias, comentarios y correcciones que esas publicaciones fueron juntando por el camino. El mapa importa menos por lo que cubre que por lo que revela: cómo reacciona hoy la gente cuando alguien le recuerda esta historia.

Es muy fácil decir que el “sistema” o el “capitalismo” son el enemigo, eso te lo puede soltar cualquier poeta punk un sábado a las 6 de la tarde. Había que ocuparse un poquito más.

Empieza, como casi todo lo que se llamó disidente en México, con un pleito de familia. En los años veinte y treinta, un grupo de poetas —Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, José Gorostiza, Carlos Pellicer, entre otros— fue acusado de traición por la misma familia cultural que los había criado: Diego Rivera, la máxima figura paterna del arte oficial posrevolucionario, los llamó «pseudoplásticos y escribidores burguesillos» por escribir sobre Europa en vez de sobre la Revolución; los estridentistas los tacharon de «afeminados». El crítico Evodio Escalante ha documentado cómo esa generación —los Contemporáneos— quedó atrapada entre el nacionalismo que exigía un arte «viril» y su propia vocación cosmopolita, varios de ellos abiertamente homosexuales en un ambiente que confundía orientación con traición. Villaurrutia murió en 1950. Cuatro años después, el Estado creó en su honor el premio literario más prestigioso del país: la misma familia que los repudió terminó adoptándolos.

El Estridentismo corrió con una suerte parecida, pero con más ruido. Manuel Maples Arce fundó el movimiento en 1921 con una hoja volante que pedía mandar a Chopin a la silla eléctrica y alababa el mole de guajolote; seis años después, con la caída de su gobernador aliado en Veracruz, el movimiento se disolvió, y Maples Arce pasó las siguientes cuatro décadas como funcionario del Estado mexicano —diputado, embajador en ocho países, militante del PRI. La disidencia duró seis años. La carrera dentro del sistema que decía combatir duró más de cuarenta.

Entre el Estridentismo y La Onda hay otro nombre que casi nunca sale de los circuitos universitarios: el poeticismo, vanguardia de mediados de siglo articulada por Enrique González Rojo, Eduardo Lizalde y Marco Antonio Montes de Oca, estudiada por el crítico Evodio Escalante como una «inquisición sobre el poetizar» (Escalante, 2004). Cómo se conecta —si es que se conecta— con el resto de este mapa es todavía terreno sin resolver.

Cuatro décadas después llegó otra generación con el mismo impulso y un lenguaje distinto. En 1971, la escritora y crítica Margo Glantz bautizó como «La Onda» a un grupo de narradores jóvenes —José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña, René Avilés Fabila, y otros como Gerardo de la Torre — el único de clase obrera en el grupo, quizá el más politizado y “under”—, que escribían en el caló de la calle en vez de en el español solemne de la literatura oficial. No fue del todo amable; pero algunos lo adoptaron como bandera de cualquier forma. Por dentro, los más famosos del grupo traían más política de la que su imagen pública sugiere: Parménides había heredado el interés por el marxismo de su propio padre, y José Agustín pasó ocho meses preso en 1970 por posesión de marihuana, bajo el mismo aparato de seguridad que operaba la represión posterior a 1968 —aunque el cargo formal nunca fue político. Hacia afuera, sin embargo, la bandera seguía siendo otra: el rock, el sexo, el lenguaje de la calle. Antes del 68, de hecho, la disidencia estética y la posición política todavía podían ser dos cosas distintas, aunque fuera por accidente— una cercanía casi familiar con la Revolución dejaba la política en el aire sin exigir que todo artista declarara bando, porque hasta ese momento, solo existía un bando. Eso cambió después de Tlatelolco.

En el centro de esa transición está Octavio Paz, y con él, Elena Garro. Ella escribió, en 1953, una de las novelas más adelantadas de su generación, Los recuerdos del porvenir, terminada antes que Pedro Páramo, sin que su propio marido, según sus biógrafos, la dejara estudiar poesía formalmente. La novela se publicó hasta 1963 y ganó el Premio Xavier Villaurrutia ese mismo año. Casi dos décadas después, ya en los setenta, Paz excluyó a Parménides García Saldaña de una antología de escritores jóvenes; Parménides fue a las oficinas de la revista Plural a intentar romperle la madre por eso. En enero de 1980, un grupo de jóvenes que se hacían llamar infrarrealistas —fundados en 1975 por Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro— le reventaron a gritos una lectura en la librería de la UNAM; sobre esa noche circulan hoy varias versiones, algunas que la niegan, otras que le agregan detalles que nadie puede confirmar del todo. Paz murió en 1998, meses después que Mario Santiago. El ícono y su principal detractor se fueron casi juntos.

Ese enemigo, sin embargo, no era nuevo para los infrarrealistas. Siete años antes de enfrentar a Paz, en 1973, Mario Santiago y Ramón Méndez ya habían sido expulsados de su propio taller en la UNAM por intentar destituir a su maestro. Y el conflicto tampoco murió con Paz: el propio movimiento se disputaba internamente quién heredaba legítimamente el no-liderazgo de Mario Santiago y quién solo imitaba su forma de escribir sin construir nada propio. El enemigo, en vez de desaparecer, se mudó adentro.

En algún punto entre La Onda y el Infrarrealismo hay una figura que va y viene entre el recuerdo y la leyenda: Jesús Luis Benítez, «El Búker». Publicó dos libros en vida: A Control Remoto y Otros Rollos (Samo, 1974) y Las Motivaciones del Personal (Universidad Veracruzana, 1979), este último resultado de una beca del INBA-Fonapas coordinada por Augusto Monterroso. El tercero, Canciones para gandallas y otros poemas, el que lleva el prólogo de Mario Santiago y hoy es el más recordado por ser el más under, se publicó de forma póstuma en 1987, siete años después de su muerte, por la pequeña editorial Calandria. Murió en 1980, el mismo año que interrumpió, junto al poeta Pedro Damián Bautista, esa lectura de Paz. Su historia casi no circula fuera de grupos muy específicos —una prueba, entre varias, de que esta historia tiene zonas que la memoria colectiva simplemente dejó ir.

Y sin embargo no está muerta. Esa es, quizás, la parte más interesante de todo este recorrido: cuando se cuenta esta historia hoy, en una publicación cualquiera de Facebook, reacciona gente que en teoría no tiene nada en común entre sí. Reacciona el que cree vivir en resistencia permanente, dando vueltas entre slogans y carteles de protesta. Reacciona el que la estudia desde el cubículo académico y se da un momento para corregir públicamente a un desconocido —anuncia la equivocación, pero no la enlista, como quien avisa que sabe la historia, pero las respuestas son exclusivas de otro grupo. Reacciona el que solo iba pasando, sin buscar nada de esto, y se detiene a leer los comentarios. Y reacciona, también, el que no toma partido —el que recuerda, con o sin mucho gusto, cuándo leyó tal libro por primera vez, a qué edad, sin defender ningún mito. Los cuatro, juntos, son el mejor argumento de que esta historia sigue viva: nada de lo que ya está muerto genera ese tipo de reacción pareja e inmediata en gente tan distinta entre sí.

Y esa vida, hoy, tiene una forma muy concreta: un tianguis alternativo Patrimonio Cultural Inmaterial, becas de Estado para el arte «independiente», congresos universitarios sobre el tema con fiesta bohemia incluida desde hace veinte años. La disidencia de ayer volvió a lo mismo que le pasó a los Contemporáneos con su premio: regresó a la familia, solo que esta vez la adopción llegó en vida, no después de la muerte.

Los incendiarios de ayer son hoy nuestros bomberos.

Entre El Búker y hoy hay un tramo que este mapa apenas roza. Ahí caben los ochenta que enterraron a la generación fundadora (Parménides en 1982, dos años después que El Búker), y sobre todo 1989: el año en que el Estado dejó de limitarse a perseguir la disidencia cultural y empezó, en cambio, a financiarla de forma sistemática. Ese año nació el Fonca (hoy integrado a la Secretaría de Cultura como el Sistema de Apoyos a la Creación y a Proyectos Culturales, SACPC), bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, con un mecanismo hasta entonces inédito: becas concursables, dinero público y privado repartido entre los mismos creadores que antes cargaban con la etiqueta de «contra». De ahí a los congresos universitarios y los fideicomisos culturales de hoy, hay una línea recta. Ese tramo completo —de la beca fundacional a la normalización total— merecería su propio mapa.

Esa institucionalización no vació el underground de gente —lo cambió de vocabulario y, casi siempre, lo dejó en el mismo domicilio. La generación de hoy que se asume independiente y autogestiva sigue operando, casi sin excepción, desde la Ciudad de México: en el Tianguis del Chopo se sigue vendiendo lo que no cabe en una tienda departamental; en changarros o colectivos con nombre en código —bares o foros en colonias como La Roma, Condesa o Santa María la Ribera, por ejemplo— la palabra «autogestivo» cumple hoy la misma función que «macizo» cumplía hace sesenta años: no describe cómo se administra el lugar, describe a quién le está hablando. Salir de esas calles, para casi cualquiera de los nombres de este mapa, fue casi sinónimo de desaparecer.

Si quieres echarte un clavado más serio en la contracultura mexicana, estos tres libros son un buen punto de partida: La contracultura como protesta de Enrique Marroquín, En la ruta de la Onda de Parménides García Saldaña, y La contracultura en México de José Agustín. Los tres, cada uno desde su década y su ángulo, ya se hacían la misma pregunta que sigue sin resolverse del todo. Desde ellos puedes empezar a unir los puntos del mapa.


Esta historia se fue armando, capítulo por capítulo, en la página de Facebook de esta revista, Barbas Poéticas, con voz de cronista de a pie, más cerca del reportero de banqueta que del historiador de escritorio: sobre los Contemporáneos, sobre el Estridentismo y su ruido, sobre la sagrada trinidad que las conecta con el Infrarrealismo y La Onda, sobre Paz y Garro, sobre La Onda y su lenguaje de calle, sobre el Infrarrealismo como arquitectura moderna del enemigo, sobre El Búker y su libro casi ilocalizable, y sobre quién es el enemigo ahora, la pregunta que cerró el ciclo. Cada publicación tiene su propia historia de comentarios, correcciones y hallazgos que no cupieron en este mapa —material para otro día o para otro interesado.

Cien años, cinco movimientos, un solo patrón: la disidencia mexicana no muere fusilada ni ignorada. Se le adopta. Se le institucionaliza. Se le vuelve a unir, en silencio, con el Estado del que nació, hasta regresar al punto de partida. No es una excepción ni una tragedia particular de este país.

Es, simplemente, una tradición más de la gran familia mexicana.


Fuentes principales:

Acevedo Zapata, L. A. (2023). Entrevista a Jorge Hernández «Piel Divina»: memoria del infrarrealismo. Connotas. Revista de crítica y teoría literarias, (26), 391-409. https://www.redalyc.org/journal/6726/672675133014/html/

Agustín, J. (2016, 7 de mayo). En el Chopo [Columna de opinión]. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/2016/05/07/opinion/a05o1esp

Coordinación Nacional de Literatura, INBA. (s.f.). Benítez, Jesús Luis (1949-1980). Enciclopedia de la Literatura en México. https://literatura.inba.gob.mx/ciudad-de-mexico/3925-benitez-jesus-luis.html

Escalante, E. (2004). El poeticismo en González Rojo, Lizalde y Montes de Oca. Connotas. Revista de crítica y teoría literarias, 2(3). https://connotas.unison.mx/index.php/critlit/article/download/266/220/416

Fernández Mora, V. de J. (2022). La vanguardia de los Contemporáneos, una estética de la dilación. Estudios de Cultura Contemporánea [Revista académica, SciELO México]. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-25462022000100149

Medina, R. (Comisario). (2026). Infrarrealismo. La insurrección permanente [Exposición y catálogo]. Casa Amèrica Catalunya. https://americat.barcelona/es/infrarrealismo–la-insurreccion-permanente-

Ramírez, C. y Ramírez, M. (2022). El Fonca: la historia del financiamiento del arte en México en la alternancia política (1989-2020). Estudios Políticos [Revista académica, SciELO México]. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2007-249X2022000200019

Villarreal, R. (s.f.). Rebeldía contracultural. Luvina. https://luvina.com.mx/rebeldia-contracultural-rogelio-villarreal/


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