¡DIOS QUIERA QUE LLUEVA PARA UNIRNOS!

por Enrique Marroquín, para la Revista Piedra Rodante, septiembre 1971
Enrique Marroquín
Avándaro pasará a la historia del rock en Mexico como una fiesta excepcional. Era esperado con impaciencia, pues allí se consagrarían definitivamente algunos grupos chicanos, quienes con constancia y esfuerzo, ignorados hasta hace poco por las casas disqueras y emisoras de radio, se preocupaban en hacer una versión autóctona de rock. Y no solo era esto. Se trataba de que tuviéramos ya nuestro propio festival, tal como acontece en los países que llevan la batuta ondera. Por primera vez habría oportunidad para que toda la tribu subterránea pudiera congregarse, conocerse, manifestarse. La concentración seria, pues, concierto gigante; reencuentro con los amigos conocidos rolando por allá en la sierra; mitin político en pro de reivindicaciones generacionales; rito cósmico y tribal, y sobre todo, fiesta, la tradicional fiesta mexicana, hoy solo suvenir para turistas.
Y la voz fue rolando… allí estarían tonados. Radio Juventud intercalaba los discos chicanos, hoy muy solicitados, con el verbo alivianador de Carlitos Baca. Se reportaban chavos que aun tenían lugar en su nave y comenzó el peregrinar.
Cuando el festival de la isla de Wight, el señor Obispo había suspendió un congreso para planear con sus sacerdotes la presencia de la iglesia en un festival en la que acudiría un buen número de católicos. Se celebró allí la Santa misa con música de soul, y los sacerdotes, con sotana atendían a quienes deseaban confesarse. Naturalmente, esto aquí todavía no es posible. Avándaro podría ser la versión mexicana de Woodstock; pero también podría ser la de Altamont. Decidí estar también yo presente, para conocer mejor el significado de todo esto. El viernes por la tarde, me lancé con un grupo de chavos de mi colonia, la Guerrero. Bajo la lluvia pertinaz, que no nos dejaría en todo el tiempo, pequeñas hordas de chavos peregrinaban tribus que como iban pudiendo se acercaban al sitio donde se congregaría la nación Avándaro.
— Quiera Dios que mañana no llueva — dijo alguien cuando estábamos refugiados en los portales de Valle de Bravo.
—Y Dios lo querrá, pues venimos a unirnos y amarnos.
— Precisamente porque quiere que nos unamos y nos amemos, por eso permite la lluvia — les lancé la neta. — La lluvia une más para defenderse contra las inclemencias de la Naturaleza. Al mismo tiempo, permite ver de cuánto amor o de cuánto ego cada uno es capaz.
Cuando llegamos, la mayoría era de muchachitos de colonias proletarias, estudiantes de vocacionales y prepas, que alternaban conociéndose: “¿De qué colonia son ustedes?” “No, la buena onda está en la Santa Maria”. “Los chavos de Naucalpan”. “Las vibraciones de la Roma”… Cosa curiosa; durante el festival encontré a muy pocos hippies mexicanos de la onda alivianada, mística. Los pocos que había estaban más bien atrás, en refugios construidos holgadamente con ramas. Los de las clases más acomodadas llegarían hasta la noche del sábado en sus Mustang. Hippies gabachos daban la nota Folclórica con los atuendos más vistosos. Los chavos mexicanos habían improvisado como mejor pudieron sus trajes  “de gala” para la ocasión. Muy pocas tortitas. Pocas pero alivianadas…
A las primeras horas de la luz sabatina, los chavos de la rock-opera Tommy nos deleitaron con el estreno. Héctor Ibarra, el actor principal, a quien por cierto yo acababa de casar, no llegó por estar bloqueada la carretera. El director hizo su papel. Los chavos se dieron totalmente y lanzaron muy [buenas] vibraciones al público, a pesar de las pésimas condiciones en que tuvieron que trabajar. Un grupo de hermanos gabachos nos enseñaron ejercicios yogi bien efectivos para entrar en onda sin necesidad de droga. Desde la plataforma se daban avisos; Los extraviados podían encontrarse, se mantenían [todos] en orden, se auxiliaba a enfermos.
El sol ya dejaba hacer sentir su calor. Los hermanitos colocaban sus cobijas a secar. Hacía calor, y cerca pasaba un refrescante arroyo para darse un chapuzón. Recordaremos el baño de la sierra.
Después, procuramos un poco de refine. Faltaron víveres, y los precios eran caros para este público. Por la tarde, la lluvia se reanudó. Un grupo no programado, Sociedad Anónima, metió en onda a la multitud, quien recordando el patín de Woodstock, comenzó a exorcizar la lluvia a gritos rítmicos del tam-tam eléctrico: “No rain, no rain”. Tochos gritando bailando, golpeando botes… formando un solo cuerpo, vibrando juntos, sin que nadie le importase la lluvia. Esta se tuvo que retirar. Dos helicópteros gandallas volaron sobre los componentes tirando tiendas y papeles.
Comenzamos a prepararnos para el concierto. A preparar la defensa contra la lluvia nocturna, y la defensa contra invasión de quienes llegarían mas tarde y querrían quitarnos nuestros lugares, que nos correspondían por derecho “primo carpientis”. Se construyeron verdaderas barricadas, con ramas, cordones o lo que fuera. Se improvisan refugios de lo más variado, según la iniciativa de cada grupo y poco a poco nos fuimos aislando. Ya no se podría ir por agua o al baño. A mí se me ocurrió salir para dar un rol y ya no pude encontrar a mis compañeros. Hube de quedar sin refugio. Ya había oscurecido, y de un momento a otro comenzaría el festín. Entonces fue el momento del atice general, según los hornazos que llegaba a ratos. No llovía y parecía que iba a haber buen patín.
Entonces fue llegando la tropa que venía precisamente al concierto. Los mejores lugares ya estaban ocupados y defendidos. Lo más cómodo para los gandallas fue invadir la zona reservada y las instalaciones, pese a las amonestaciones encarecidas o las rechiflas de la multitud ya congregada anteriormente. Unos chavos con la bandera, al grito de “¡Avándaro! ¡Avándaro!”, se lanzaron hacia delante. Otros los siguieron. Gritos de “!Abajo tiendas¡” , y los refugios cayeron. La multitud presionaba. Había mucho acelere entre el público. Muchos chavos no agarraron la onda. Creyeron que para alivianarse había que meterse chochos, pastas y cuando fuere. No sabían que el verdadero alivianado ya no necesitaba de drogas. Como en el “Festival del naranjazo” en Chapultepec, volaron objetos. Esta vez, latas vacías de cerveza. Hubo demasiado alcohol, y parece que las cheves dejaron buena feria a los comerciantes. Muchos azotados. Palabras soeces. Se tuvo que dar luz verde a las encueratrices, y ya entonces el público se desentendió del rock. Varias veces se tuvo que interrumpir la pieza a la mitad. El público pedía grupis y morbo. ¡Para eso váyanse a un burdel!” gritó una voz. Aprovechando el desorden, hubo rapiña, y perdimos bastantes cosas. Los organizadores perdieron el control, y vimos momentos de suspenso. Ahora podría suceder cualquier cosa. Afortunadamente la mayoría del público hizo esfuerzos por controlarse, y la cosa no paso a mayores.
La música no se pudo apreciar bien en estas condiciones. Daba [la] impresión que a buena parte del público no le interesaba. Los Dug Dug’s abrieron la fiesta. Todo un show. El gentil Armando dio todo lo que tenía. “No nos gustan sus costumbres”, cantaban refiriéndose a la gente del sistema. Tochos gritaban al compás de su flauta mágica: “¡Avándaro!,!¡Avándaro!”. El Epilogo lanzó buenas vibraciones. Los Tequila muy gruesos prometen; Micky salas y Maricela, la Janis Joplin mexicana. Lástima que fue entonces cuando el desorden se hizo mayor. Peace and Love totalmente identificados con este público, Lo arrebataron. Todo mundo cantaba “¡Mari… Marihuana!”. Representan el lado sucio, funky, del rock chicano. El Ritual decepcionó. Acaso por estar ellos mismos decepcionados del público. Gustó Bandido y Three souls in my Mind cerró con broche de oro la fiesta.
A la madrugada, un corto circuito interrumpió la luz. Precisamente cuando iba a cantar Mayita, una chava que yo había conocido hacía tiempo. La lluvia era pertinaz, Estábamos cansados, y previendo dificultades para el regreso decidí pirar. Entonces comenzó la cruel y heroica retirada. Bajo la lluvia, como un ejército derrotado, millares de jóvenes hambrientos, con sed, desvelados de dos noches, agotados, cargando sus cosas, avanzaban penosamente por la carretera. Una larga fila de autos parados avanzando a vuelta de rueda. No sé por qué no se previó que 100 mil asistentes tendrían que regresar. Avándaro es un bello lugar, ideal para que los juniors puedan ir en coche a ver unas carreras. Pero no para esta población que carecía de dinero incluso para su boleto. Algunos iban enfermos. Todos hambrientos, devastando algún plantío de maíz para poder comer cualquier cosa. La fiesta había terminado…
Transcripción desde el sitio de robquero.
Corrección, corchetes y negritas: Odeen Rocha.
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