El Corno Emplumado: la revista que todos citan, pero pocos leen

Una revista de poesía que Ginsberg mandaba sus poemas y que el gobierno mexicano financió durante siete años. La historia real de El Corno Emplumado.

En 1962, un poeta mexicano y una norteamericana recién llegada con un bebé en brazos decidieron hacer una revista de poesía en la Ciudad de México. Sin respaldo editorial. Sin garantía de continuidad.

Cuando cerró, siete años después, sus páginas habían cruzado el continente de punta a punta.

Eso fue El Corno Emplumado.

El nombre que era una declaración

El nombre no fue capricho. Fue un manifiesto de dos palabras.

Corno: el instrumento de los jazzistas norteamericanos, símbolo de la Generación Beat. Emplumado: el atributo de Quetzalcóatl, la serpiente de la tradición mesoamericana.

Dos culturas que el mainstream de ambos lados ignoraba. En el mismo título.

EL CORNO EMPLUMADO / THE PLUMED HORN

Sergio Mondragón era un poeta mexicano con inclinaciones hacia las filosofías orientales. Margaret Randall había llegado desde Nueva York. Se conocieron en las veladas literarias de la casa del poeta beat Philip Lamantia, que vivía entonces en la Zona Rosa. De esas reuniones nació la idea: una revista bilingüe que tradujera poesía del norte hacia el sur y del sur hacia el norte.

El primer número salió en enero de 1962, impreso en linotipia en un pequeño taller.

Cómo se financió una revista diferente

La versión romántica dice que el Corno sobrevivió puro y libre gracias a la solidaridad de poetas y lectores. Es verdad — parcialmente.

Los lectores se suscribían. Los escritores donaban. Los nombres de quienes apoyaban aparecían publicados en los propios números. Samuel Beckett mandó dinero desde Francia para el número 27. Hubo subastas de pintores en la Galería Pecanins. Poetas en Nueva York organizaron lecturas de beneficio. En algún momento se vendió un sillón para pagar la impresión de un número.

Pero la investigadora Gabriela Silva Ibargüen, al revisar número por número los listados de patrocinadores publicados en la propia revista, encontró algo que el relato romántico omite: el principal financiador constante del Corno fue el gobierno mexicano.

El Instituto Nacional de Bellas Artes aportó para 19 de los 31 números. La Secretaría de Educación Pública para 17. La Secretaría Privada de la Presidencia de la República para 10. El IMSS para 9. Hacienda para 8. El Banco de Comercio Exterior para 5.

Esto no era excepcional. Era la práctica estándar del PRI en esa época: las mismas instituciones financiaban a Pájaro Cascabel, Cuadernos del Viento y la Revista Mexicana de Literatura. El Estado subsidiaba silenciosamente la cultura que toleraba. La condición no era ideológica sino de no-confrontación.

Mondragón pasaba días enteros esperando en oficinas de gobierno para solicitar un patrocinio, «con la tenacidad de un monje budista», según recuerda una asistente editorial de la época. Randall visitó al ministro de Relaciones Exteriores antes del primer número: «tras escuchar nuestros planes, abrió una gaveta de su buró, sacó un billete de mil pesos y nos lo entregó.»

Durante siete años nadie vio el problema en eso. Se veía demasiado lejos para ser tomado en cuenta.

El Corno Emplumado #1, 1962, designed by Harvey Wolin, Margaret Randall and Sergio Mondragon

Lo que llegaba al buzón

El Corno era un objeto de 150 a 300 páginas que llegaba cuatro veces al año a lectores de quince países.

Cada número traía poesía, ensayos, cartas y arte. Las ilustraciones de Leonora Carrington, David Alfaro Siqueiros o Elaine de Kooning compartían páginas con poemas de Ernesto Cardenal, Nicanor Parra, Rosario Castellanos y Allen Ginsberg. La sección de cartas no era correspondencia administrativa: era el mapa vivo de la red que la revista construía.

Una joven Cecilia Vicuña — hoy con obra en el MoMA y el Guggenheim, ganadora del León de Oro de la Bienal de Venecia 2022 — le escribía desde Santiago de Chile, a los 18 años, que el Corno la había salvado de sentirse «sola, perdida en la maraña inhumana.» Números después, Vicuña publicaría sus propios poemas en la revista.

El poeta Juan Bañuelos lo dijo con más claridad que cualquier crítico: «Cuando aparece El Corno es cuando se abre toda América Latina. De pronto me llegaban cartas donde me saludaban y me escribían: ‘queremos tener un intercambio, qué bien que leímos tus poemas en El Corno Emplumado’.»

Lo que México no quería ver

Mientras el Corno llegaba a Londres y Nueva York, el campo literario mexicano lo ignoraba.

En el número 21, los editores respondieron a Carlos Monsiváis por no incluir la revista en su listado de publicaciones del país. La respuesta no fue defensiva: «el corno no forma parte de la envidiosa, reaccionaria y pequeña escena mexicana local.» Las reseñas de otros países, incluyendo el New York Times, «nos compensan de este burdo ninguneo.»

La antología Poesía en Movimiento (1966), editada por Octavio Paz, Homero Aridjis, Alí Chumacero y José Emilio Pacheco, usó en más de la mitad de sus contenidos obra de poetas que habían publicado primero en el Corno. Lo tomaron como cantera. No como interlocutor.

La Biblioteca Andrés Henestrosa, en Oaxaca, lo resumió décadas después: el Corno «es más celebrada que leída.»

Por qué importa que haya sido en México

José Vicente Anaya — poeta, traductor, uno de los fundadores del infrarrealismo mexicano — lo formuló así: «A México, a nosotros los mexicanos, nos correspondió ser los primeros que divulgamos la poesía de la generación beat en español. Cada poeta beat recién acababa de escribir un poema se lo mandaba a Margaret o a Sergio y al poco rato aparecía publicado en el Corno.»

No fueron los españoles, atrapados bajo Franco. No fue el sur del continente, donde los golpes militares hacían imposible ese tipo de plataforma. Fue México. Una casa en la Ciudad de México, un taller de linotipia, una red de correos y voluntades.

El infrarrealismo de los años 70 — del que Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro fueron fundadores y líderes de facto — creció leyendo lo que el Corno había traducido. Los nadaístas de Colombia, los concretistas de Brasil, los poetas de la resistencia en Nicaragua: todos encontraron en el Corno un espacio antes de encontrarlo en cualquier otro lugar.

El final que nadie cuenta bien

En los dos últimos números — abril y julio de 1969 — el título en inglés desapareció de la portada. Solo quedó El Corno Emplumado, ya no hubo The Plumed Horn. El proyecto que había nacido como puente entre dos culturas y dos idiomas eliminó uno de ellos antes de morir.

No fue un accidente tipográfico.

En agosto de 1968 la revista publicó una nota editorial denunciando la represión del movimiento estudiantil y acusando al gobierno de Díaz Ordaz de «ineptitud, crueldad y ceguera espiritual.» Al mes siguiente, Tlatelolco. Las mismas instituciones que habían financiado la revista durante siete años retiraron su apoyo. Las imprentas dejaron de aceptar el trabajo. Los editores fueron vigilados y hostigados.

Randall lo documentó más tarde: «cuando tomamos partido por los estudiantes esos subsidios cesaron de manera abrupta. Esto sucedió en el país con cada proyecto cultural independiente que adoptó la misma posición.»

La revista que se había declarado independiente descubrió que nunca lo había sido del todo. No porque sus editores fueran ingenuos o cómplices, sino porque esa es la estructura del financiamiento cultural en un Estado que decide qué cultura tolera y hasta cuándo.

Randall lo dijo años después: «I say ‘independent’ with a bitter smile.»

Treinta y un números. Una docena de libros que seguramente viven en manos de coleccionistas, investigadores, instituciones y afortunados. Una red que nadie le había pedido que construyera y que de todas formas construyó. Y una lección sobre el precio real de tomar postura pública con herramientas prestadas.

Lo que pasó con el Corno no fue una excepción en la cultura mexicana. Fue el patrón que lleva cinco décadas repitiéndose: el Estado financia lo que tolera, deja de financiar lo que lo incomoda, y la contracultura que creía estar afuera descubre que siempre cobró en la misma ventanilla.


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Fuentes

Silva Ibargüen, G. (2017). Texto, contexto e índices de El Corno Emplumado (1962-1969) [Tesis de maestría, El Colegio de San Luis A.C.]. https://biblio.colsan.edu.mx/tesis/SilvaIbarguenGabriela.pdf

Domenech Hernández, G. (2020). Por una nueva solidaridad: El Corno Emplumado y la conformación de una red de fraternidad intelectual (1962-1969). Secuencia, (108), e1830. https://doi.org/10.18234/secuencia.v0i108.1830

Domenech Hernández, G. (2021). La revista El Corno Emplumado (1962-1969), un latido a la mitad del mundo. Caderno de Letras, (39). https://periodicos.ufpel.edu.br/index.php/cadernodeletras/article/view/20179

Randall, M. (2020). Donde las piedras lloran: México 1961-1969. Casa de las Américas, (299), 130-147.

Mondragón, S. (2015, 16 de enero). Remembering El Corno Emplumado [Conferencia]. Open Door Archive, Northwestern University. https://opendoor.northwestern.edu/archive/exhibits/show/el-corno-emplumado-hemispheric/remembering-el-corno-mondragon

Anaya, J. V. (2011). El corno… Revista de los poetas que sueñan demasiado. Círculo de Poesía. https://circulodepoesia.com/2011/01/el-corno-revista-de-los-poetas-que-suenan-demasiado/

Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca — Biblioteca Andrés Henestrosa. (s.f.). El Corno Emplumado. https://fahho.mx/el-corno-emplumado/

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