David Bowie la llamó «Tarot Occidental». Bob Dylan la usó para ganar un Nobel. Los Rolling Stones metieron frases en un sombrero y armaron una canción. Kurt Cobain la consideraba «revolucionaria» y llevaba el libro que la explica como única pieza de equipaje en su gira de 1991.
Se llama cut-up. La inventaron William S. Burroughs —el tipo que escribió Naked Lunch— y el pintor Brion Gysin en 1958, en el Beat Hotel de París. Burroughs escribía. Gysin pintaba. Juntos descubrieron que cortar y reorganizar generaba algo que ninguno habría creado solo.
Durante 40 años, músicos famosos robaron la técnica sin disculparse.
La buena noticia: tú también puedes.
¿Qué es el cut-up?
Es ridículamente simple. Tanto que parece broma.
Escribes un texto. Lo cortas físicamente en pedazos. Las mezclas al azar. Los vuelves a conectar. Listo.
Burroughs lo explicaba así: «La conciencia es un cut-up. Tan pronto como caminas por la calle, tu conciencia está siendo cortada. Esa señal, ese coche, el sonido de la radio… La vida es un cut-up.»
Su teoría: al «cortar el presente, el futuro se filtra».
Pero había algo más. Burroughs y Gysin llamaban al resultado «el tercer ojo» —esa inteligencia que emerge cuando dos mentes colaboran más allá del ego individual. El cut-up no era solo técnica de composición. Era forma de invocar algo más grande que el autor solitario.
Suena místico. Pero los músicos que lo usaron no lo hicieron por misticismo. Lo hicieron porque funcionaba.
Caso 1: Los Rolling Stones — «Casino Boogie» (1972)
Es el uso más literal del método en la historia del rock.
Los Stones estaban grabando Exile on Main Street. Necesitaban letra para «Casino Boogie». Alguien mencionó a Burroughs. Alguien más trajo tijeras.
Escribieron frases en trozos de papel. Las cortaron. Las metieron en un sombrero. Las sacaron al azar. Las ensamblaron en versos.
El resultado es fragmentario, surreal, imposible de descifrar linealmente:
«Dietrich movies, close up boogies / Casino Boogie, Vitamin Donuts»
No tiene sentido. Y funciona perfectamente. Porque no estás escuchando lógica. Estás escuchando colisión de imágenes. Y tu cerebro hace el trabajo de encontrar conexiones que tu mente consciente nunca habría producido.
Los Stones nunca volvieron a usar el método tan literal. Pero «Casino Boogie» sigue siendo una de las canciones más extrañas y fascinantes del álbum.
Caso 2: David Bowie — 42 Años Usando la Técnica
Bowie descubrió a Burroughs en los 60. Quedó obsesionado. No solo con los libros, sino con el método que Burroughs y Gysin habían creado.
Su proceso: escribía 2-3 párrafos sobre temas diferentes. Cortaba las oraciones en secciones de 4-5 palabras. Las mezclaba. Las reconectaba. A veces usaba el resultado literal. Otras veces lo usaba como disparador para nuevas ideas.
Lo aplicó desde Diamond Dogs (1974) hasta Blackstar (2016). Cuarenta y dos años. Su último álbum —grabado mientras moría de cáncer— todavía usa cut-ups.
En 1995, Bowie incluso desarrolló software llamado «Verbasizer» para automatizar el proceso. Pero nunca abandonó el método físico. Seguía cortando con tijeras hasta el final.
Su justificación: los cut-ups «encienden cualquier cosa que pueda haber en mi imaginación».
Bowie entendió algo clave: el cut-up no reemplaza tu creatividad. La desbloquea. Rompe tus patrones habituales de pensamiento. Te obliga a considerar conexiones que tu lógica rechazaría. Y entendió lo que Burroughs y Gysin habían descubierto en París: que dos fuentes —o dos personas— producen algo más inteligente que una sola.
Caso 3: Bob Dylan — El Nobel que Debe Algo a Burroughs
Dylan descubrió Naked Lunch en 1959. En 1965 conoció a Burroughs en un café del East Village. Le dijo a Allen Ginsberg: «Creo cada palabra que dice.»
Dylan era un «practicante autoproclamado» de cut-ups. Nunca detalló con qué frecuencia los usaba en canciones. Pero su novela Tarantula (1965) está claramente influenciada por el método.
Los estudiosos señalan que la evolución de Dylan fue «grandemente acelerada por su inmersión en el ritmo y la métrica de la escritura de Burroughs».
Las abstracciones del método Burroughs-Gysin le abrieron nuevas posibilidades creativas. Dylan pasó de folk narrativo tradicional a un enfoque más impresionista, fragmentado, surrealista.
Tarantula es casi ilegible. Y ese es el punto. No es novela convencional. Es exploración del lenguaje como materia prima maleable. Es cut-up aplicado a prosa.
Décadas después, Dylan ganó el Nobel de Literatura. El comité destacó su capacidad de «crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción americana». ¿Cuánto de eso debe a Burroughs y Gysin? Imposible cuantificar. Pero Dylan nunca lo negó.
¿Por qué funciona?
Jello Biafra de los Dead Kennedys lo usó para superar bloqueos de escritor. Kurt Cobain lo consideraba revolucionario. Sonic Youth, Ministry, Throbbing Gristle —todos adoptaron variaciones del método.
La razón: el cut-up introduce el factor «impredecible y espontáneo». Permite que la conciencia sea un «sistema abierto» donde las posibilidades de la casualidad se manifiestan.
No es magia. Es técnica.
Pero cuando funciona, parece magia.
El cut-up desafía algo fundamental: la idea de que el significado solo emerge de la lógica. Burroughs y Gysin propusieron que el significado también puede emerger del choque aleatorio. Y que ese significado es tan válido —a veces más interesante— que el significado «intencional».
Los músicos lo entendieron antes que los académicos. Porque los músicos no necesitaban explicarlo. Solo necesitaban que funcionara. Jimmy Page —guitarrista de Led Zeppelin— lo entendió cuando conoció a Burroughs en 1975. Hablaron del «quinto miembro invisible» que emerge cuando Led Zeppelin toca en su mejor momento. Burroughs sonrió. Sabía exactamente de qué hablaba Page. Era el mismo «tercer ojo» que él y Gysin experimentaron con los cut-ups.
La pregunta final
Tijeras. Papel. Azar.
Tres elementos. Dos creadores. Una técnica que cambió la música para siempre.
Burroughs y Gysin nunca guardaron secretos. Solo esperaron a que alguien preguntara cómo funcionaba.
Los Stones, Bowie, Dylan, Cobain preguntaron. Robaron la técnica. La aplicaron. Crearon obras que siguen sonando 50 años después. ¿Qué estás esperando tú?
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Rae, C. (2019). William S. Burroughs and the cult of rock ‘n’ roll. University of Texas Press.

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