¡Ave Satán! Una reflexión sobre el satanismo moderno

No cabe duda de que los acontecimientos en apariencia sobrenaturales siempre han llamado la atención de los hombres. Desde tiempos remotos, el género humano, ya mediante la razón, ya mediante la ciencia o la religión, siempre ha intentado buscar una explicación, lógica o no, de todo aquello que lo rodea. En un principio, nuestros antepasados más ignaros, carentes aún de lenguaje, se sorprendían de fenómenos naturales como la lluvia, el trueno o el fuego. Ante tal asombro, los humanos de aquellos tiempos remotos experimentaban esa sensación que nos produce hoy la oscuridad o una película de terror. Para reducir ese miedo, nuestra especie se empezó a valer de un concepto que hasta la fecha perdura: los dioses.

En los albores de la cultura occidental, los habitantes de la antigua Grecia dieron forma al mundo mediante el politeísmo, es decir, la creencia en varios dioses. De esta manera, los ciudadanos helénicos fueron capaces de aceptar, mas no comprender, los fenómenos de la naturaleza. El dios del rayo, el dios de la lluvia, el dios del fuego, por mencionar sólo algunos, se convirtieron en la explicación per se de todo aquello que el hombre conocía. Toda la vida estaba regida por los designios de los habitantes del Olimpo. Sin embargo, gran parte de la llamada filosofía clásica nos ha enseñado que el mundo politeísta forma parte de la mitología, y que en lugar de varios dioses, solo puede existir una fuerza creadora que dé orden y armonía a las cosas conocidas.

Con la llegada del cristianismo, dicha fuerza creadora se unificó bajo el concepto de Dios, el padre de Jesucristo. A partir de ese momento clave en la historia de la humanidad, la religión no ha cesado de permear las vidas de quienes habitamos este planeta y, si bien el cristianismo (en sus diferentes acepciones) es una de las religiones que más adeptos tiene en el mundo, existen muchas más, algunas parecidas y otras un tanto menos convencionales, como el satanismo.

Lejos de los estereotipos y de los mitos que rodean esta tenebrosa palabra, el satanismo moderno nada tiene que ver con rituales satánicos, misas negras, adoración al Diablo, sacrificios o beber sangre de humanos y animales. El satanismo es, más bien, un culto a la individualidad del ser humano, o al menos eso es lo que intenta explicarnos Anton Szandor LaVey (1930–1997), El Papa Negro, en su famosa Biblia satánica.

Howard Stanton Levey nació el 11 de abril de 1930 en Chicago, Illinois. En su juventud, ya con el nombre de Anton Szandor LaVey, se desempeñó como músico de carnavales y festivales. El futuro Papa Negro era organista itinerante.[1]

De su trabajo como músico fue, según sus propias palabras, en donde se dio cuenta de que gran parte de la ideología cristiana está basada en la hipocresía: «Los sábados en la noche veía a hombres desear mujeres semidesnudas que bailaban en el carnaval, y la mañana del domingo, cuando tocaba el órgano para los evangelistas con espectáculos en carpas al otro lado del carnaval, veía a los mismos hombres sentados en bancos de iglesia con sus esposas e hijos, pidiendo a Dios que los perdonara y los liberara de deseos carnales. La siguiente noche de sábado estaban de vuelta en el carnaval o en algún otro lugar de placeres. Entonces supe que la Iglesia Cristiana prospera con la hipocresía, ¡y que surgirá la naturaleza carnal de esa persona!».[2] Sin saberlo aún, la semilla que, muchos años después, dio forma a la fundación de la Iglesia de Satán ya estaba plantada en la vida de LaVey.

De acuerdo con la tradición europea, a la noche del 30 de abril se le conoce como Walpurgisnacht, y es la noche en que el Mal domina el mundo. No es de extrañar que El Papa Negro haya escogido esta fecha para fundar su iglesia. Ese día, en San Francisco, en 1966, LaVey se rasuró la cabeza y se declaró Sumo Sacerdote de la Iglesia de Satán, una institución cuyo objetivo era «descargar los deseos y culpabilidad reprimidos»,[3] dar rienda suelta a los placeres de la mente y el cuerpo, y presentar al ser humano como un miembro más de la especie animal.

A primera vista, y en concordancia con el nombre de la iglesia fundada por LaVey, pudiera pensarse que es realmente un culto al Diablo. Sin embargo, la razón por la cual escogió este nombre es distinta. Se trata, pues, de una clara oposición a las ideas que propaga el cristianismo, mas no una adoración a Satanás. Para LaVey, de manera un tanto existencialista, ni Dios ni el Diablo existen. Por lo tanto, la responsabilidad de los actos del ser humano recae totalmente en la existencia individual. Lo que Satán representa para él es una visión muy distinta de lo que el cristianismo nos ha hecho creer. Así lo expresa en «Las nueve declaraciones satánicas», de la Biblia satánica:

  1. Satán representa la indulgencia en lugar de la abstinencia.
  2. Satán representa la existencia vital en lugar de sueños de opio espirituales.
  3. Satán representa la sabiduría sin manchas, en lugar del autoengaño hipócrita.
  4. Satán representa la bondad para quienes lo merecen en lugar de desperdiciar el amor en ingratos.
  5. Satán representa la venganza en lugar de voltear la otra mejilla.
  6. Satán representa la responsabilidad para el responsable en lugar de la preocupación por los vampiros psíquicos.
  7. Satán representa al hombre como sólo otro animal (a veces mejor, aunque con más frecuencia peor que los que caminan en cuatro patas), que, por su «desarrollo divino, espiritual e intelectual» se ha convertido en el animal más vicioso de todos.
  8. Satán representa todos los llamados pecados, ya que todos conducen a la gratificación física, mental o emocional.
  9. Satán ha sido el mejor amigo que la iglesia haya tenido jamás, ya que la ha mantenido activa todos estos años.

Resulta evidente el hecho de que el satanismo laveysiano toma únicamente el nombre y la figura de Satán como una respuesta en contra de la teología cristiana. Y nada tiene que ver, como a menudo se piensa, con magia negra, ni sacrificios, ni sangre, ni rituales para invocar al Diablo. Sin embargo, dado el poder de la simbología satánica (pentagramas, cabezas de chivos, mujeres desnudas, imágenes profanas, fuego, sangre, oscuridad, etc.) esta se usa también como propia del satanismo. Y, hay que decirlo, LaVey sabía perfectamente que el satanismo vende, y que su iglesia sería también un negocio y patrimonio familiar. Al ser reconocida como un culto oficial en Estados Unidos, el gobierno exoneró los impuestos a esta religión. Las aportaciones de los miembros fueron para el mantenimiento de la propia iglesia y para la familia de LaVey, lo cual no ha cambiado hasta la fecha.

Toda la ideología de Anton Szandor LaVey expresada en su Biblia satánica es de carácter individualista. Es decir, el culto que el ser humano debe profesar no es ni a Dios ni al Diablo (porque ninguno existe), sino a uno mismo. Para LaVey, la libertad del hombre recae en la posibilidad de elegir aquello que le produzca placer y felicidad, sin tapujos morales ni religiosos. La sexualidad se vive con plenitud y la carne humana, masculina o femenina, no causa pudor ni es motivo de restricciones. Si el sexo produce placer propio y ajeno, su práctica debe ser algo natural entre la gente, siempre y cuando los participantes estén de acuerdo. Recordemos que los llamados pecados conducen a la gratificación física, y la ideología satánica toma muchos de sus preceptos del hedonismo.[4]

Otro hecho a resaltar es que, para la religión satánica, a diferencia de la cristiana, no existen santos ni, por añadidura, festividades dedicadas a ellos. En México, por mencionar un ejemplo de país mayoritariamente católico, contamos con numerosos días festivos de San Fulanito y San Zutanito, y la fecha más importante es la víspera del 25 de diciembre, día del nacimiento de Jesús. Para el satanismo, empero, la única fecha realmente relevante es la del nacimiento propio, ya que, como se ha dicho líneas arriba, el único culto del ser humano es para el ser humano y no para algún dios o demonio. La bondad y la maldad radican en uno y uno es responsable de sus actos, sin ningún tipo de influencia ni divina ni demoniaca: el paraíso y el infierno existen, de manera simbólica, en el mundo terrenal. La existencia se limita al aquí y al ahora.

Anton Szandor LaVey se vale de sistemas filosóficos anteriores y contemporáneos a su tiempo. El suyo es un pensamiento notablemente influido por el hedonismo y por el existencialismo,[5] una suerte de mezcla de ambos, con al añadido toque satánico anticristiano. Ya en sus nueve declaraciones satánicas, queda explícita la forma en que el Sumo Sacerdote de la Iglesia de Satán ve al ser humano: un miembro más de la especie animal. Por lo tanto, según LaVey, el hombre debe alejarse de limitaciones y restricciones religiosas y morales y dejar salir su animalidad para alcanzar la verdadera felicidad.

Dada la popularidad que obtuvo el satanismo de LaVey en la década de los setenta del siglo xx, varios cultos alternos se derivaron de la Iglesia de Satán, como también sucede en su odiado cristianismo. No obstante, las diferencias son sutiles y los motivos, en lugar de ser ideológicos, han sido, más bien, monetarios. Si bien la ideología de Anton Szandor LaVey trata de desmitificar la creencia sobre las actividades atroces que se asocian de manera casi inmediata al satanismo, hay que recordar que, como todas las otras religiones, su iglesia también ha significado un atractivo negocio que sigue generando ganancias a sus administradores.

Conviene saber, pues, que el satanismo contemporáneo dista mucho de los mitos, leyendas, creencias y supersticiones que penetran en el imaginario colectivo y que se aceptan como ciertos sin permitir lugar a la duda. A través de sus escritos, LaVey quiso mostrar al mundo que el hombre no difiere mucho del resto de los animales, en el sentido de que la vida es una constante búsqueda de placer y felicidad. Y si tomamos lo anterior como cierto, podríamos concluir que, en el fondo, todos tenemos algo de satánicos.


[1] Cabe aclarar que el adjetivo negro no hace alusión al color de piel, sino a la oscuridad, en sentido metafórico, que rodea la vida y obra de Anton Szandor LaVey.

[2] Baddeley, Gavin, Resurgimiento de Lucifer, Grupo Editorial Tomo, México, D.F., 2003, p. 95.

[3] op. cit., p.98.

[4] El hedonismo sostiene que el placer es el fin supremo de la vida. Por lo tanto, para los hedonistas, toda actividad debe conducir al disfrute y al gozo.

[5] La máxima propuesta del existencialismo es aquella que dice que la existencia precede a la esencia. Lo anterior quiere decir que, debido a la ausencia de divinidad, el hombre es el único responsable de sus actos, y estos, a su vez, lo determinan.


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