El hombre del antifaz azul, por Alejandra Pizarnik

La caída
A. empezaba a cansarse de estar sentada sin nada que hacer.
No hace nada pero no hace mal, recordó.
Un hombrecillo de antifaz azul pasó corriendo junto a ella. A. no consideró extraordinario que el hombrecillo exclamara:
                — Los años pasan; voy a llegar tarde.
Sin embargo, cuando el enmascarado sacó de un bolsillo una pistola, y después de consultarla como a un reloj, aceleró el paso.
A. se incorporó, y ardiendo en curiosidad, corrió detrás del ocultado, llegando con el tiempo justo de verlo desaparecer por una madriguera disimulada. Inmediatamente, entró tras él.
La madriguera parecía como un túnel, pero de pronto, y esto era del todo inesperado, torcía hacia abajo tan bruscamente que A. se encontró cayendo
—como aspirada por la boca del espacio — por lo que parecía ser un pozo.
O el pozo era muy hondo o ella caía con la lentitud de un pájaro, pues tuvo tiempo, durante la caída, de mirar atentamente a su alrededor y preguntarse qué iba a suceder a continuación (¿acaso el encuentro del suelo con su cabeza?). Primero trató de mirar hacia abajo, para informarse del sitio en donde iba a caer, pero la oscuridad era demasiado intensa; después miró a los lados y observó que las paredes del pozo estaban cubiertas de armarios llenos de objetos. Vio, entre otras cosas, mapas, bastones de caramelo, manos de plata asidas a un piano, monóculos, bracitos de muñecos, guantes de dama santiguas, un astrolabio, un chupete, un cañón, un caballo pequeñísimo espoleado por un San Jorge de juguete embistiendo a un dragón de plexiglás, un escarabajo de oro, un caballo de calesita, un dibujo de la palma de la mano de Lord Chandos, una salamandra, una niña llorando a su propio retrato, una lámpara para no alumbrar, una jaula disfrazada de pájaro… En fin, tomó de uno de los estantes una caja negra de vidrio pero comprobó, no sin decepción, que estaba vacía. No queriendo tirar la caja por miedo de matar a alguien que estuviera más abajo, la tiró igual.
                — Después de una caída así rodar por una escalera no tendrá ninguna importancia — pensó.
Evocó escaleras, las más desgastadas, a fin de convocar muertos y otros motivos de miedos oscuros. Pero se sentía valiente y no podía no recordar este verso: La caída sin fin de muerte en muerte.
 
 ¿Es que no terminaría nunca la caída? Seguía cayendo, cayendo. No le era dado hacer otra cosa. Recordó:
… caen
los hombres resignados
ciegamente, de hora
en hora, como agua
de una peña arrojada
a otra peña, a través de los años
en lo incierto, hacia abajo.
A. comenzaba a sentir sueño; mientras seguía cayendo se escuchó preguntar:
                — ¿Y qué pasa si uno no se muere? ¿Y qué muere si uno no se pasa?
Como no podía contestarse a ninguna de las preguntas, tanto daba formular una que otra. Sus ojos se cerraron y soñó que conducía un camión de transporte de antifaces.
De repente, se estrelló contra un colchón. La caída había terminado.
El centro del mundo 
A.  miró hacia arriba: todo estaba muy oscuro. Ante ella había otro túnel con el hombrecillo corriendo. Tuvo tiempo de oírlo exclamar:
                 — ¡Por mi verga alegre, es tardísimo!
Un  segundo  después,  el  enmascarado había  desaparecido.
A.  se encontró, de súbito, en una habitación llena de puertas, pero  todas cerradas, como lo supo cuando las hubo probado una tras otra. De pronto descubrió en su mano una llave de oro. Su intento  de abrir con ella alguna puerta resultó vano.  Sin embargo, al volver a recorrer la habitación, advirtió otra puerta verde de unos  cincuenta centímetros de altura. Con alegría, acaso con incredulidad, notó que la llavecita entraba en la cerradura (… cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura, recordó).
 Abrió la puerta verde y vio un pasillo no mayor que una bañera para pájaros. Por un hueco en forma de ojo, miró el bosque en  miniatura más hermoso que pueda  ser imaginado  (teniendo  en cuenta los poderes supremos de la imaginaci6n). Nada deseó más que introducirse por aquel hueco y llegar hasta esas estatuas  de colores junto a la fuente de fresca  agua prenatal, pero  como no era posible, A. deseó reducirse de tamaño.
 — Estoy segura de que hay algún medio —dijo.
 Tantas cosas habían ocurrido desde que nació, que A. no creía ya que hubiese nada imposible ni,  tampoco, nada posible.
Esperar frente a la puerta verde  era inútil. Volvió junto  a la mesa, esperando  encontrar en ella alguna mano (o un  guante, aunque fuera) que le estuviese tendido un papel con instrucciones de cómo se hace para que la gente empequeñezca y pueda  entrar en un bosque.  Pero  solo  encontró una botella  que poco antes no estaba allí y que tenía una etiqueta con estas palabras:
Bébeme y serás  la otra que temes ser. 
 
                 —Sí —dijo. Y bebió largamente hasta vaciar la botella.
                 — ¡Qué sensación psicodélica! —exclamó A. —. Debo de estar achicándome como un toro observado desde muy lejos por un pajarito miope que se quitó los anteojos.
La estatura de A. se había reducido a unos veinte centímetros. El corazón se le iluminó al pensar que el tamaño de su cuerpo era el necesario para llegar al bosque.
 Y es un pequeño lugar perfecto aunque vedado. Y es un lugar peligroso. El peligro consistiría  en su carácter esencialmente inseguro y fluido, sinónimo de las más imprevistas metamorfosis, puesto que el espacio deseado, así como los objetos que encierra,  están sometidos a una incesante serie de mutaciones inesperadas y rapidísimas.
A.  estaba segura de que su estado de pequeñez actual valía la pena. Sabía que los caminos que llevan al centro son variadamente arduos: rodeos, vueltas, peregrinaciones, extravíos de laberintos.  Por eso el centro  (que en este cuento es un bosque en miniatura)  configura un espacio cualitativamente distinto del espacio profano. En cuanto al tiempo… Pero aquí dejó de pensar porque se dio  cuenta de que se había olvidado la llave. Al volver a la mesa en su busca no  le fue posible  alcanzarla. Intentó  encaramarse por una de las patas pero cuando se hubo cansado de hacer pruebas inútiles y de compararse con Gregorio Samsa, se sentó  en el suelo y  se echó a  llorar. A orillas del Leman me senté y lloré…
—Pero si no hay ante quien llorar… —dijo.
De pronto  su mirada se detuvo en una botellita que yacía debajo de la mesa con una  etiqueta sobre la cual estaba escrito:
Bébeme y veras cosas cuyo nombre no es sonido ni silencio. 
 
—Si esto me hace  crecer —dijo A. — alcanzaré la llave, y si me empequeñece, podré pasar por debajo de la puerta. Con tal de llegar al bosque no me importa lo que me pase.
 Bebió un sorbo. Sorprendida, notó que su cuerpo permanecía igual a sí mismo.  ¿Cómo era posible? Ella esperaba cosas tan maravillosas que lo habitual le resultaba  extraño y hasta grotesco.  Decidió arriesgarse del todo y bebió  enteramente el contenido de la botellita. Pensó que el destino aprecia la monotonía puesto que la dicha o el infortunio del hombre a menudo cabe en  una botella.
 Cuando nada pasa 
 
—Me  estoy  alargando como un poema  dedicado al océano —dijo—. Ignoro adónde van mis pies (los vio  alejarse hasta perderse de vista).
Simultáneamente, su cabeza rompió el techo y tropezó con la copa de un árbol. Ya media tres metros. Fiel a su deseo más profundo, se adueñó de la llave y abrió la puerta verde.  Pero todo  lo  que pudo hacer fue  mirar el pasillo.  En cuanto a atravesarlo ¿qué más  difícil para una giganta? De nuevo  se echó a llorar. (Lloro porque  no puedo  satisfacer mi pasión…  recordó.) Prosiguió derramando lágrimas hasta que a  su alrededor  se formó  una laguna.
                — Puesto que se formó por culpa de mi falta de armonía con el suceder de las cosas, la llamaré Laguna de la Disonancia.
Dijo, y se le ocurrió este poema:
               Tendremos un buque fantasma 
               Para  ir al campo 
               y  tendremos un sueño para  el invierno 
               Y otro para  el verano 
               Lo cual suma dos sueños. 
Nadie  escuchaba sus versos.
 —Sucede que una se cansa de estar sola —dijo—. Quisiera ver otras personas, aunque fuera gente sin cara.
 Relaciones sociales
A. se acariciaba la mano derecha con la mano izquierda, lo que la obligó a mirarlas y a descubrir que estaba reduciéndose.
Otra vez dueña de un cuerpo minúsculo, corrió a la puertita: otra vez se encontró con que estaba cerrada y la llave, como antes,  sobre la mesa. Al pensar en Nietzsche y en el tiempo circular, resbaló y se hundió en agua salada. Creyó haber caído en el mar; poco duró en saber que se hallaba en la Laguna de la Disonancia. Se puso a nadar en busca de una playa. Dijo:
—Este será mi castigo: ahogarme en mis propias lágrimas. ¿Por qué lloré?  (J’ai tant cherché à lire dans mes ruisseaux des  larmes, recordó.)
Oyó caer algo en el charco, y nadó hacia allí; creyó que sería un submarino o una ballena, pero recordó a tiempo lo pequeña que era. Así, comprobó que se trataba de una muñeca. Acercándose a ella, le preguntó:
— ¿Sabría usted decirme la manera de salir de este charco?
La muñeca le dirigió una mirada llena de reproches pero no contestó.
Segura de que había ofendido misteriosamente a la muñeca, A. se apresuró a disculparse:
—Si lo prefiere, no hablemos más.
— ¿Hablemos? —dijo la muñeca—¡Cómo si yo hubiese hablado! Sepa que en mi familia se odia a los que hacen preguntas.
A. se apresuró a decir:
— ¿Te… te… gustan las muñecas? ¡Oh! Me parece que he vuelto a preguntarte.
Y es que la muñeca se alejaba de ella nadando con todas sus fuerzas.
A. la llamó:
—Querida muñeca, por favor, vuelve y no hablaremos más.
La muñeca pareció meditar: luego dio media vuelta y nadó hacia A. Al llegar junto a ella le dijo:
—Nademos hacia la orilla, en donde hablaremos, aun si no se debe ni se puede.
LA CONVERSADERA
—La marquesa salió a las cinco y cinco.
—Hay  muchas en la región donde existen cariátides de luz indefinible.
—… “tus senitos benjamines”, dijo Lugones y yo me asusté.
—Los sátiros asustan. Había uno que me propuso esta adivinanza: “Tengo una cosa blanca como un cisne y no es cisne. ¿Qué es?” Me regaló La Historia de Roma. Abrí el libro para leerlo y lo encontré lleno de pinturas sobre las costumbres sexuales de los humanos y viendo retratada la parte teórica me entraron ganas de probar las escenas pintadas.
—Tus palabras me parecen tan vivas que me han hecho como mearme. Yo pienso que este mundo está como corrompido, pero que lo abandone el que quiera. Yo, ni pienso.
—Desde luego, no es fácil aceptar la realidad.
—Por donde menos se espera, saldrá el elefante.
— ¿Habló en serio?
—Sí, dijo una cosa que no tenía ni pies ni cabeza.
—Entonces, ¿para qué ahogarse en un vaso de agua?
—Claro, ¿y si uno pierde la cabeza?
—Ahí en la niebla he visto una sombra.
—Hay días en que quisiera irme al olvido, al viento…
—Ahí en la niebla hay alguien; los ojos de la estatua exaltan su silencio.
—Adoro la flagrancia y la retórica. Escucha esto: Que quiera, que no quiera, días y días pasaron desde que caí en un pozo. O quiera, o no quiera, yo hablo aun si no debería.
—De acuerdo. Pero lo que no comprendo son las familias de palabras. Una vez mi abuela incluyó en una misma frase “teja y tejo” y “lógobre y lúgubre”.
— ¡Oh!
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