"Vengo como un poeta que le habla a otro poeta", cuando Oscar Wilde visitó a Walt Whitman

El 31 de enero de 1882, un hombre parcialmente paralizado vivía con su hermano y su cuñada en una hilera de casas adosadas de Camden, New Jersey y escribía a un amigo para contarle sobre la visita de un hombre a su hogar. “Él es un hombre joven alto y guapo”, escribió el hombre sobre el visitante. Y “tuvo la sensatez de traerme un gran lujo”. 
 
Así describió Walt Whitman el día que pasó con Oscar Wilde. Esta reunión entre quien se describiera a sí mismo como “viejo áspero” y que revolucionó la poesía norteamericana con su obra maestra “Hojas de hierba” y el auto-nombrado “Profesor de Estética” que estaba de gira por América con una conferencia alabando candelabros y cojines bordados, se ha examinado a menudo en los años siguientes, por lo general a través del lente de lo que ahora se llama queer history, o como una interesante, si no particularmente consecuente, momento en la historia de la literatura.
 
 Pero ninguno de estos enfoques alcanza en su verdadera medida de la importancia de esta reunión. Para Wilde no viajar a Camden para hablar de los roles de género o las bellas letras. Aún se encontraba a años de distancia de convertirse en el autor cuyas incomparables obras son aún representadas hoy en día. Lo que lo llevó a la casa de Whitman fue la oportunidad de hablar de la fama. Quería escuchar al autor de “Canto a mí mismo”, hombre mayor (Whitman tenía 62, Wilde 27) con una energía inagotable, a pesar de su debilidad, para la auto-promoción. Whitman era un icono internacional que aprovechaba la delgada línea entre la aclamación y la notoriedad, y un poeta conocedor del papel crucial de la imagen en la fabricación de una carrera literaria. Wilde no viajó a Camden para aprender a ser un escritor famoso. Eso, estaba seguro, más tarde lo aprendería por sí mismo. Fue para aprender a ser una persona famosa. Sería difícil imaginar una pareja más apropiada de profesor y alumno.
 
Wilde había sido enviado a América por Richard D’Oyly Carte, el agente de negocios de Gilbert & Sullivan, cuya última opereta, “Paciencia”, había debutado recientemente en la capital inglesa con elogiosas reseñas y gran venta de boletos. Carte había enviado a sus clientes anteriores a América, donde eran bien recibidos. Él planeaba hacer lo mismo con “Paciencia”, pero estaba nervioso. “Paciencia” era una sátira del Movimiento Estético Inglés, un movimiento que se unía bajo el slogan “Arte por la cordura del arte”. Los Aesthetes lucharon por el uso de ornamentos decorativos en la creación de muebles, cerámicas, textiles y otras cosas, proclamando la superioridad de lo hecho a mano frente a lo producido en masa. Su credo poético fue resumido por Keats: “La belleza es verdad, la verdad belleza, —eso es todo lo que conoces en la tierra, y es todo lo que necesitas saber” [1]. 
 
Sin embargo, para W.S. Gilbert el movimiento era el nirvana de unos inútiles narcisistas y un modo de auto-adoración de dandies para parlotear en público sobre su gusto exquisito, una convicción que verbalizó con efecto cómico en “Paciencia”. Los principales roles masculinos en la opereta, Bunthorne y Grosvenor, dos poetas que competían por la mano de una muchachita llamada Paciencia, fueron composiciones modeladas a partir de varios líderes aesthetes, entre los que se encontraban: los pintores Dante Gabriel Rossetti y James McNeill Whistler, el poeta Algernon Swinburne, y el recién graduado, Oscar Wilde —quien, sin justificación alguna, se asumía como líder del movimiento. 
 
Wilde acababa de auto-publicar su primer libro de poesía y había recibido críticas devastadoras, caricaturas sarcásticas en revistas de humor como Punch y ventas insignificantes.  
 
Lo que había puesto nervioso a Carte era que los Aesthete no eran una especie nativa en los Estados Unidos ¿Entenderían las bromas las audiencias americanas? Una solución fue ofrecida por el agente de Carte en la oficina de Nueva York: Mandar a un aesthete “real” (¿Oscar Wilde tal vez?) y presentarlo en una serie de conferencias en América (¿Tal vez sobre “la belleza”?), entregado en el mismo traje “estético” (pantalones de satín, zapatillas de charol brillante, chaqueta de terciopelo ceñido al cuerpo, y así sucesivamente), llevado por Bunthorne en “Paciencia”. Un telegrama enviado desde Nueva York a Wilde en Londres afirmando (falsamente) que existía interés de cincuenta agentes literarios americanos en esas conferencias, si estuvieran disponibles para negociar. 
 
Wilde estaba casi en bancarrota, por lo que él respondió: “Sí,  si la oferta buena.”  Es decir: el cincuenta por ciento de la taquilla, menos gastos. Wilde llegó el 3 de enero de 1882, y seis días más tarde, presentó su primera conferencia, titulada “El Renacimiento Inglés de arte,” en una casa abarrotada en Chickering Hall (unas 1,250 personas) en la parte baja de la Quinta Avenida.
 
Que un hombre prácticamente desconocido para la mayoría de los estadounidenses haya podido alcanzar ese triunfo comercial fue, en gran medida, resultado de la cobertura ininterrumpida en la prensa de Nueva York del paso de Wilde por las fiestas varias noches antes de su conferencia, en casas de la alta sociedad de Manhattan. “Me quedo de pie [en] las salas de recepción cuando salgo, y durante dos horas ellos marchan para presentarse conmigo”. Wilde escribió sobre su socialización en Nueva York a un amigo en Londres: “Me inclino con gracia y a veces los honro con una observación elegante.”
 
Un reportero de Filadelfia entrevistó a Wilde mientras tomaban el tren a aquella ciudad, la segunda parada en su recorrido. “¿A qué poeta americano admira más?” Le preguntó el reportero a Wilde, quien había ganado el prestigioso premio Newdigate a la poesía en Oxford [2]. “Creo que Walt Whitman y (Ralph Waldo) Emerson han contribuido con el mundo como nadie”, respondió. “Espero conocer al señor Whitman”, (Tal vez el encargado de prensa de Wilde le había informado que el poeta vivía cerca). “Lo admiro intensamente”, continuó Wilde. “Dante Rossetti, (Algernon) Swinburne, William Morris y yo a veces discutimos sobre él”. En realidad, Swinburne y Wilde eran solamente conocidos y no habían discutido nada con regularidad. Pero eso no detuvo a Wilde de añadir lo siguiente, como si repitiera algo de sus frecuentes discusiones: “Hay algo muy griego y sensato en la poesía (de Whitman); es muy universal, muy comprensiva”. Después de que el Phladelphia Press hubiera publicado estas palabras, Wilde recibió la respuesta que esperaba. Whitman envió esta nota a su hotel: “Walt Whitman estará disponible desde las 2 hasta las 3:30 de esta tarde y estará complacido de ver al señor Wilde”. “Vengo como un poeta que le habla a otro poeta”, dijo Wilde cuando Whitman abrió su puerta. Whitman, que adoraba ser adorado como ninguno, estaba complacido de escuchar eso. Se dirigió a la alacena y tomó una botella de vino de saúco de su cuñada Luisa. Los dos hombres comenzaron a vaciarla. 
 
Eran dos personas que probablemente nunca hubieran bebido juntos. Wilde tenía un “double first” [3] de una de las universidades más prestigiosas del mundo; Whitman dejó la escuela a los once años. Wilde era un conversador refinado, así como un epigramista; Whitman tenía diálogos cortos y ocasionalmente cometía errores gramaticales. Wilde era un snob; Whitman (en sus propias palabras) “hablaba facilmente con los negros”. A pesar de estas diferencias, los dos hombres disfrutaron de la mutua compañía. “Te llamaré Oscar”, dijo Whitman. “Eso me encantaría” respondió Wilde. Estaba emocionado de estar tan cerca de un hombre que, tal y como Wilde esperaba hacer él mismo, había comenzado su carrera con la auto-publicación de un libro de poemas. 
 
Así, Wilde aceptó la invitación de Whitman para acompañarlo a su guarida en el tercer piso, donde, como Whitman mencionó, podrían estar en confianza. Wilde se impresionó con lo pequeña que era la recámara en la que Whitman escribía sus versos. Había polvo por doquier y el único lugar libre para que Wilde se sentara era un taburete cerca del escritorio, que estaba cubierto por un montón de periódicos que Whitman conservaba porque había sido mencionado en ellos. El estadounidense dijo a su invitado que era admirador de la obra del poeta laureado de Inglaterra, Alfred Lord Tennyson; sin embargo, señaló que ésta era a menudo “perfumada… al extremo de la dulzura.” 
 
Luego le preguntó: “¿Ustedes, amigos,  pretenden hacer a un lado a los ídolos establecidos, incluido Tennyson y el resto?”
 
“El lugar de Tennyson está muy bien arraigado”, dijo Wilde, “y todos lo amamos demasiado”. Pero él no se permitió a sí mismo ser parte del mundo de los vivos….”Nosotros, en cambio, nos movemos en el corazón mismo de la actualidad”. Ese “nosotros” era el Movimiento Estético. “Usted es joven y ardiente”, dijo Whitman, “y el campo es amplio, y si quieres mi consejo, [digo] que siga adelante.”  





El verdadero tema de conversación de Whitman no era la forma literaria: era cómo construir una carrera pública, con todo el despliegue de auto-glorificación que se requiere. Podemos deducir esto con confianza porque lo primero que hizo Whitman al llegar a su guarida, fue darle una fotografía suya a su invitado. Whitman había sido uno de los primeros en abrazar la idea de que un autor en busca de fama debía modelarse a sí mismo como un artefacto literario. Cuando auto-publicó “Hojas de Hierba” en 1855, el libro no tenía el nombre de Whitman en la portada; en su lugar, colocó un retrato suyo en la página anterior en el que se le veía de pie en sus prendas de trabajo, el cuello abierto, su mano izquierda en el bolsillo, la derecha descansando sobre su cintura, su cabeza barbada con un sombrero encima en un ángulo engreído y sus ojos llegando a los del lector con una mirada que simultáneamente era casual y retadora. Ningún autor se había presentado públicamente de esta manera antes y mucho menos lo había hecho intencionalmente.  (Ni con los botones a la vista de todos). Esta portada ahora está considerada como “la más famosa en la historia literaria” en palabras de Ed Folsom y Charles M. Price.
 
El retrato que Whitman le dio a Wilde en 1882, aparecería en su siguiente libro, Specimen Days & Collect, una recopilación de diarios de viaje, naturaleza, escritura y reminiscencias de la guerra civil. (Whitman había pasado los años de la guerra en Washington, trabajando como dependiente de gobierno y como voluntario visitando hospitales). En la fotografía aparece de perfil, sentado en una silla de mimbre y usando un sombrero de ala ancha, una camisa de cuello abierto y un cárdigan. Una mariposa aparece posada sobre su dedo índice, frente a su cara. “Siempre he tenido la habilidad de atraer aves y mariposas”, dijo Whitman alguna vez a un amigo. Años después, la mariposa de Witman fue encontrada en la Biblioteca del Congreso. Estaba hecha de cartón, la habían sujetado a su dedo con un hilo. 




Al entregarle Whitman la fotografía a Wilde, estaba enseñándole que la fama de un autor depende en menor medida de la literatura. También depende de que el escritor se comprometa a cumplir con un papel actoral. Esto no quiere decir que dicho rol sea falso. En la mente de Whitman, cada pose que hacía estaba cargada de autenticidad —El modelaje de una imagen que debía presentarse fielmente ante el público— Wilde había experimentado en menor medida todo esto cuando se presentaba como un Aesthete en el campus Magdalen de Oxfod y en fiestas en Londres. Le resultaba importante verificar esta idea con una estrella literaria que había probado su eficacia en una escala internacional. Wilde siempre había creído que no había nada malo con querer buscar la gloria. Al entregarle el retrato a Wilde, Whitman le estaba también confirmando esa idea.
Días antes de conocer a Whitman, Wilde había sido retratado por el fotógrafo Napoleon Sarony en Nueva York, posando él mismo como un Aesthete Adonis en pantalones bombachos de satín. 
 
Siguiendo lo hecho por Whitman, utilizó estos retratos como su “logo” en su paso por América mientras daba conferencias. Daría más de 140 conferencias  y se quedaría en los Estados Unidos por un año, convirtiéndose en el segundo inglés más reconocido en América, después de la Reina Victoria. (Nada mal para un autor que casi no había escrito).
“Dios te bendiga, Oscar”, le dijo Whitman a Wilde cuando se fue. Algún nativo de Filadelfia bromeó sobre lo difícil que debió ser para Wilde tragarse el vino casero que Whitman le ofreció. Por única vez Wilde rechazó una invitación al esnobismo. “Si hubiera sido vinagre, igual me lo hubiera bebido” dijo. “Tengo una admiración inexpresable por ese hombre”. 





1. “Las cosas más bellas en el mundo son las más inútiles: los pavo reales y las azucenas, por ejemplo”. Había escrito el profesor John Ruskin. 
2. Entre los ganadores anteriores se encontraban Matthew Arnold y John Ruskin.
3. Un Double First es un título de Oxford en dos especialidades. 


Traducción de Loops Sandoval y Odeen Rocha desde el texto de David M. Friedman basado en el libro “Oscar Wilde in America, the invention of the modern celebrity”. 

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