Una literatura de mierda llamada Nachón

Escritor que se forja en la cultura popular chilanga, sabedor que también hay una cultura que lo destierra al exilio de notas antes de la caída de la noche. Lector de escritores como Schopenhauer, Freud y Nietzsche. Con el aliento de lecturas marxistas juveniles conforman el Nachón del vagabundeo literario. Es crear la nostalgia de su propio ser inmiscuido en una huerfanidad literaria.

Por Edu Prado

¨Puedo ordenar mi propia captura, ser mi criminal y escribir un poema nunca leído¨.

Fernando Nachón.


Hablar de escritores outsiders o en el mejor de los casos ¨malditos¨, es apostar por una premisa trillada y gastada en estos tiempos de saturación de información mal comunicada. Es así, que la música del ¨perreo¨ y sus demás gurús de resaca con Tonayan, serían personajes de aliento cannábico en el mundo nachoniano.

Fernando Nachón es un escritor mexicano atípico a sus contemporáneos, un escritor que camina periféricamente, pero con un sentido del humor propio y casi original en las letras mexicanas. Sus novelas, cuentos y poemas son un conglomerado de mota, alcohol, sexo, fluidos, mierda y dolor. La literatura de Nachón es una moneda siberiana que habla del dolor y mierda de la realidad que nos convulsiona a cada momento; su literatura es un viaje nihilista, psicodélico y misantrópico.

Su vivencia literaria transcurrió en esa ¨década pérdida¨ para la juventud mexicana (los años 80), al publicar dos de sus libros más importantes De a perrito (1986) y Diario de un pendejo (1988). Además de colaborar en dos revistas La Regla Rota y Pus Moderna, dirigidas por Rogelio Villarreal. Además, hizo una columna semanal en Sábado titulado El libro del eterno retorno, en dicha columna parodio a Juan Villoro y Guillermo Fadanelli; posteriormente Fadanelli escribiría un prólogo para su libro Cachetadas en las nalgas. Sin más, dejó de participar en Sábado a raíz de una discusión con Huberto Batis. Sin embargo, sus novelas de iniciación conforman una díada que apuesta al estilo bukowskiano con personajes burgueses en decadencia. Si bien Nachón escribe a través de un alter ego aburguesado, pero con la locura necesaria y el estridentismo y humor de los personajes de Bukowski. Nachón se convierte en un adaptador de esa literatura del realismo sucio. Pero con un estilo propio y si me permiten, con voces que remiten la chilinguearía. Es decir, su literatura recupera la forma de hablar de la gente que habita esta Ciudad de México, mezclado con su alter-ego aburguesado-alcohólico-cannábico para contarnos las historias de un escritor (desencantado de lo literario, pero viviendo una vida literaria narcisista), todo ello implica para el autor vivir con el fantasma de la fama.

Nachón explica que su verdadera forma de escribir era por esas lecturas tardías que hizo de Bukowski, donde encontró el verdadero elixir de su escritura, ya que lo único que le gustaba escribir eran esas voces del subsuelo cotidiano. Pero también, en entrevista con Erick Baena, explica que ese acercamiento a la escritura se debe:

¨Empecé a escribir gracias a la telenovela Gutierritos. La veía de niño, todos los días, religiosamente, en una televisión de bulbos. Me identificaba con Banquels: quería ser el escritor al que primero le va de la chingada y luego le va a toda madre […] De niño leí dos cosas: los cuentos de Andersen y el Memín Pinguín¨1.

Escritor que se forja en la cultura popular chilanga, sabedor que también hay una cultura que lo destierra al exilio de notas antes de la caída de la noche. Lector de escritores como Schopenhauer, Freud y Nietzsche. Con el aliento de lecturas marxistas juveniles conforman el Nachón del vagabundeo literario. Es crear la nostalgia de su propio ser inmiscuido en una huerfanidad literaria.

Su estela de escritor inadaptado no es una casualidad, es una forma de coquetear con el descaro de su propia personalidad forjada por él. En la misma entrevista, se cuenta una anécdota que Rogelio Villareal escribe sobre Fernando Nachón, mostrándonos su personalidad visceral y poco convencional:

¨En una ocasión llevé a Fernando Nachón para que le regalara De a perrito [a Huberto Batis], su flamante novela de sexo, celos y alcohol. Batis, consumado erotómano, recibió el obsequio con agrado y le pidió a Nachón que se lo firmara. El escritor jalapeño abrió el libro, alistó la pluma y se volvió para preguntarme: ¿Cómo se llama? ¡Carajo, Nachón!, le dije, ¡es Huberto Batis! Ah, sí, me respondió, pero en el rostro paternal de Huberto ya había una expresión de fastidio y, clavándome sus ojos, se quejó: «Para qué me lo traes si no sabe quién soy…». Salvé la situación diciéndole que Nachón acababa de fumarse un churro, Nachón asintió y Batis esbozó una mueca complaciente. El asustado escritor admiró un display de la actriz Bibi Gaytán y pasamos a otra cosa¨2.

Nachón jugó con la propia ironía al propinarle a los ¨señores¨ del noise sus cachetadas en las nalgas. Jugó con ser un anarquista de las letras y un kamikaze de su propia decencia intelectual y aportando la infamia necesaria para controlar el ego de los demás aculturados en la sociedad de las letras.


ANTISIQUIATRIA DE UN PENDEJO

En la republica nachoniana punkarra, dos libros son los que me han gustado y me han hecho escribir esta semblanza. El primero fue con el cual llegue a su literatura rasposa y descarada, De a perrito y el segundo es un libro que implica el exorcismo del amor, el sexo, las drogas, ser escritor y drogadicto en Diario de un pendejo. Libros que asemejan por su forma simple y directa a la hora de escribir, es como escuchar los riffs cortantes de las guitarras K.K. Downing y Glen Tipton de Judas Priest. Libros sin palabras rebuscadas y jactanciosas. Es un compendio de golpes que azotan tu cara al momento de leer cada párrafo. Textos que muestran el desencanto y locura por vivir a la manera de Hunter S. Thompson en su libro Miedo y asco en Las Vegas. Es embarcarte en una autopista sin frenos.

La novela De a perrito es una tragicomedia-nihilista-alcohólica-sexual-psicodélica de un escritor que pretende vivir a través de sus libros para encontrar el camino de la felicidad: la fama. Buscar el anti-heroísmo, el cual se inmiscuye para lograr la escritura perfecta. Rescata la visión del héroe lector, ¨como este libro no tiene más sonido que el que tú, lector… puedes leer pensando con tu voz, lo puedes hacer con la voz de un amigo, desde la voz de la paranoia, o bien pacheco¨.

Cada sensación es un monologo dionisíaco y alcohólico, mimetizando ese lugar de los obreros comunes; es una búsqueda por emprender el camino de los años 80. El libro está plagado de fotografías textuales a ese pasado que nos llena de nostalgia. Lugares y canciones denotan la vivencia de su tiempo. Es el momento del escritor, el cual narra a su manera personal una ciudad, lugares y visiones del mundo político de una década convulsionada por el capitalismo y el creciente camino de la actual globalización. Es decir, ¨al final yo soy el que me pongo de a perrito y la muerte me da por el culo¨.

El libro es un rock and roll suicida en todas sus vertientes: una ginebra, cerveza, poppers mezclados con la realidad de un romántico que vive en esa resaca llamada realidad. En resumen, el libro sintetiza todo el sentir y la rabia expuestas. Es una literatura purgatoria, confesional y drogadicta para enfrentar el cliché del bendito intelectual. Al final; ¨la realidad podría ser un disco de Jim Morrison girando sin cesar, empzando y terminando y la aguja volviéndose a poner y un hombre muerto al lado por volarse la cabeza con el revolver del suegro¨.

Diario de un pendejo es un libro compuesto por una novela corta y una serie de poemas. Donde el escritor nos remite al tema del sexo, las drogas, el amor, las relaciones personales, el psicoanálisis y el oficio de escribir. Es una confusión de sentimientos de un escritor que esta penando por el amor de un pasado que le remite a distintas mujeres, las cuales las prueba con el sentido de buscar una pertenencia de ese amor perdido. Pero también es una forma de sicoanalizar las pasiones del escritor, que busca entre temas y estilos su propia pertenencia en el mundo literario. Posiblemente se enamore de un estilo con el mundo, pero también lo que busca es erotizar la escritura de sus pasiones: ¨Un día, una puta me lo dijo: Quizás no estés enamorado de Teresa, es más probable que estés enculado¨. La analogía parece más que una perfección de ese demiurgo que es la escritura y sus demiurgos. Es esa senda del perdedor que una vez Bukowski intento explicar en alguna ocasión, ¨encuentra lo que amas y deja que te mate.¨.

La narrativa de Nachón es un embarcadero a la mierda; por otro lado, la poesía en este libro es la libertad dionisíaca. Una poesía que escarba entre la peste, el sexo, el amor, la resaca, el olvido, el erotismo, la sexualidad, el fracaso y el sonambulismo. La vereda esta escrita, la sensación de perder y de llorar es el pasaje de un viaje al descontrol y a la soberbia de la vida. No hay paradas en la poesía de Nachón, solo es en constante camino que suena en un tocadiscos y no repite canciones, solo las transcribe a través de una aguja de sintetizadores de sensaciones limítrofes con la orfandad y la locura.

 Nachón se convierte en un poeta de tercera para una poesía de tercer mundo. Una poesía marginal y sin lectores específicos. Solo es adecuada para aquel que guste experimentar, no estructuras gramaticales como hacen los poetas de ¨primera¨; sino para aquellos que gustan el placer del libre consumo, un consumo sin sofisticaciones perpetuas y duraderas, solo para aquellos que estamos inmersos en la decadencia de nuestro tercer mundo.


Desprendimientos

No me puedo desprender del sexo para escribir,
sería castrarme.
No me puedo desprender de ser hombre,
sería como cortármela.
No me puedo desprender de mi odio,
sería como arrancármela.
No me puedo desprender del amor,
sería regalarla a los chacales.
No me puedo desprender de los celos,
la humildad me volvería potente.
pero sólo por unos segundos,
siempre hay un asesino atrás de la puerta.
No me puedo desprender de la persecución,
sería como nacer muerto.

Tragos

No es que sea hijo de los tragos,
en realidad soy hijo de la garganta,
hijo de una luz que no ha nacido.
Extraño alumbramiento.

Es que Dios no pasó por mi garganta,
como un pueblo ando,
de ésos por los que no pasó Dios.
Pobre Dios, de cuantas cosas lo he culpado.

Si yo conociera la garganta de Dios
yo podría ser su trago.
Lo embriagaría y lo convencería de la existencia del Diablo.
Se pelearía consigo mismo,
perderíamos la noche
y ya no tendríamos lugar donde llorar
ni oscuridad donde dejar pasar los tragos
que nos hagan creer que hemos nacido.

Cristales I

La primavera se extiende,
los poemas ya no son hojas de otoño,
ahora florecen en señal de amor.
Es cierto, las flores son terribles cuando se odia,
pero cuando se ama todo parece un cristal,
hasta que llega una mujer que nos deja plantados con olores y
deseos de amar. Se rompe el cristal y se comienza a aprender
a odiar.
Mujeres que han estrellado mis cristales internos,
dejadme ser como vosotras, alegres, flores a prueba
de rayos,
endemoniadas bellezas que temen marchitarse,
a mi hijo también lo romperán en pedazos,
no hay descanso para su envidia del pene,
las he visto gozar más al ser infieles y tontas
que al recibir las atenciones de un guerrero.
(De ahora en adelante no les ofreceré más cristales, puesto
que los convertiré en espadas).



Notas

  1. La literatura según Fernando Nachón, entrevista de Erick Baena (2014). Disponible en https://erickbaenablog.wordpress.com/2014/03/18/la-literatura-segun-fernando-nachon/
  2. Ibidem

LOS POETAS «PUNKS»: Algunos apuntes sobre los manifiestos Infrarrealistas

Posiblemente los infras estén más emparentados con el Movimiento Dadá, el Futurismo y la Generación Beat; además de ser los herederos de la primer Vanguardia Moderna mexicana, el Estridentismo. Sin más, el Infrarrealismo es un movimiento que habla de lo cotidiano a través de lo extraordinario, en donde el suceso es un constante acaecimiento de su propio devenir presentista.

«El asesino sonámbulo cruzó los portales de la pesadilla vacía.»

Mario Santiago Papasquiaro

Hablemos del «Infrarrealismo» y de los tres manifiestos escritos por Roberto Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro y José Vicente Anaya. Escribir sobre el Infrarrealismo en un espacio como este implicaría de una reflexión más amplia. Sólo presentaré al igual que un Cicerone unas cuantas reflexiones al respecto.

Mucho se ha escrito sobre el Infrarrealismo recientemente, tanto en Universidades anglosajonas como latinoamericanas, además de diferentes artículos en la red. Este interés es debido a la publicación en 1998 de la novela «Los Detectives Salvajes» de Roberto Bolaño, dónde enuncia por primera vez un movimiento ocultado por el mainstream cultural mexicano. Sin embargo, como toda vanguardia cultural tiene un rito de iniciación, un bautizo con su historia. El Infrarrealismo es un movimiento que emerge de la historia social y política que atravesaba América Latina en los años 70. Donde los golpes militares y las «dictaduras perfectas» fueron la constante de la historia latinoamericana del siglo XX. Es pertinente resaltar, el Infrarrealismo es un evento coyuntural posterior a las Revoluciones del 68; y, por otro lado, es el resultado del movimiento estudiantil mexicano. Por otra parte, las constantes crisis económicas que atravesaba México fueron un punto a resaltar para que este movimiento literario surgiera. Además, el Infrarrealismo muestra una cara «moderna» en Latinoamérica de lo multicultural y el efecto de la globalización acaecida en los países latinoamericanos. Es así como este movimiento se conformó con poetas chilenos, mexicanos, argentinos, peruanos y de otros países latinoamericanos. Aventurándose en crear un aliento contracultural (aunque años antes un grupo de escritores mexicanos mal llamados de la Onda, pusieron los cimientos de una literatura escrita por «jóvenes», desalentados de su propia realidad cotidiana). Estos “nuevos poetas” son a la manera de los punks, unos rebeldes de la palabra, profanando lo sagrado, donde lo profano-sagrado deja de delimitarse y se diluye en un ambiente dionisíaco para convertir a la poesía en un nuevo conducto de una experimentación poética.

Posiblemente los infras estén más emparentados con el Movimiento Dadá, el Futurismo y la Generación Beat; además de ser los herederos de la primer Vanguardia Moderna mexicana, el Estridentismo. Sin más, el Infrarrealismo es un movimiento que habla de lo cotidiano a través de lo extraordinario, en donde el suceso es un constante acaecimiento de su propio devenir presentista.


Roberto Bolaño y José Vicente Anaya

José Vicente Anaya, poeta fundador del movimiento, comenta al respecto: «Yo propuse que cada uno de los infras escribiéramos un manifiesto, Bolaño se opuso diciendo (autoritariamente) que ¨no¨, porque él era el único que sabía qué es el infra(rrealismo). La reunión terminó así. La siguiente vez que nos reunimos solo Papasquiaro y yo llegamos con un manifiesto escrito (cada uno, se entiende) … es decir, que Papas y yo desobedecimos el dictado de Bolaño…».

La mitología dejó en los anales tres manifiestos y en ellos encontramos las ideas generales del Infrarrealismo. Si bien cada uno tiene sus particularidades propias, los tres buscan ante todo la movilidad del arte mismo. Es decir; «devolverle al arte la noción de una vida apasionada & convulsiva».


Roberto Bolaño y Mario Santiago

El manifiesto de Papasquiaro que lleva por nombre, «Manifiesto Infrarrealista«, es un escrito en forma de poema. Una experimentación con las palabras, encontrando en su forma escrita elementos dadaístas. Revisando las ideas propias del manifiesto escrito por Papasquiaro, podemos comprender la necesidad de una búsqueda de un no-oficio con el arte; es decir, el arte es del mundo y para el mundo. Hacer del arte un lugar «común» en donde la diversidad exista en tanto juego creativo. Como finalidad próxima, la idea de un arte debe estar enfocado en «sacar a la gente de su dependencia & pasividad». Sin olvidar que el arte mismo es una vida cotidiana en transformación presente. Con lo cual, la desmitificación del arte es una necesidad creadora y no una postura con su propia parroquia. En donde lo humano deja de ser ajeno y lo utópico es un «super bien». La cultura como medio de prolongación espiritual no es el encasillamiento con su status quo; sino más bien: «la cultura no está en los libros ni en las pinturas ni en las estatuas está en los nervios».

El manifiesto de José Vicente Anaya es una propuesta similar a la de Papasquiaro, un reto de Humanizar el arte con el presente. Es arrancar la huella del pasado en el presente, es un presente que se vive en el «ahora». Es convulsionar el pasado con el presente, porque toda huella pasada está en un momento presentista. Es dejar fuera el «maquillaje» y dejar que la «belleza» viva en lo cotidiano de la vida misma; por tanto: «la belleza es, existe en el presente». Anaya comulga con Papasquiaro y Bolaño manifestando:

«ser infrarrealista implica asumir en el arte las contradicciones de la vida, pero asumirlas de un modo en el que puedan superarse las inflexiones que constituyen <<el oficio de escritor>>».

Pero el punto central del manifiesto de Anaya es buscar la humanidad del propio arte. Es decir, sacar al arte mismo de la «sensatez» y la «cordura», ya que la imaginación es destruida por la inmovilidad misma. A su vez el ser humano es reducido a un plano objetual y de la nada. Porque «toda redención absoluta e hipostasiada es falsa». Para Anaya, el ser Infrarrealista requiere vivir en lo extraordinario de la vida misma. Además, es un vehículo que penetra la inmediatez de lo racional para hacer de la racionalidad una irracionalidad necesaria; es «vivir desde ahora en las galaxias de los hoyos negros». Sin embargo, el ser Infra implica convertirse en un fantasma mirando por la ventana, y hacer de la contemplación un simple saboreo de la vida. Donde el Dios Caos recobra la cordura de la no-cordura para establecer la aventura con el viaje en un nuevo descubrimiento al final de la noche; o como apunta Céline: «Lo mejor que puedes hacer cuando estás en este mundo, es salir de él. Loco o no, con miedo o sin él».

Roberto Bolaño al representar de una forma literaria el Infrarrealismo con su novela «Los Detectives Salvajes» (y posterior a su muerte), logra que dicho movimiento resurja del olvido cultural y se debata la existencia literaria de un no-grupo. Ahora bien, su manifiesto implica una serie de puntos que es necesario precisar.

En primer lugar, es un manifiesto que trata de recuperar una tradición muerta; es decir, intenta encontrar las huellas de vanguardias pasadas que viven como una tradición. Esta recuperación de la tradición evoca al Dadaísmo, el Estridentismo, el Nadaísmo y a la Generación Beat. Sin embargo, como apunta Hiram Barrios, el manifiesto de Bolaño se asemeja más: «A la ruta de la Onda de Parménides García Saldaña […] En ambos se exalta la peregrinación al estilo beat y se reivindica el lenguaje agresivo de las calles, el lenguaje «ñerito» de los onderos». Si revisamos un poco el manifiesto escrito por Bolaño, encontramos la idea de los locos por «vivir» la vida como obra literaria; idea que es concebida por Jack Kerouac en su novela, En el Camino. Al sentenciar Bolaño: «o.k. / déjenlo todo, nuevamente / láncense a los caminos». Y volvemos al tema principal de los tres manifiestos: hacer del arte una contemplación de la vida. Pero esta contemplación implica un inmiscuirse con ella en todo momento. Es buscar la «odisea» en una serenación de la mente. Es buscar la frontera que diluya al «hombre sin atributos»; esa frontera que implica un constante desapego con la moral impuesta de un arte para el bien vivir. Es ser un ermitaño y un nuevo monje que busca en su palabra la creación de las cosas sin significado, es construir el significado de un Ítaca de los ciegos. Es decir: «las sensaciones no surgen de la nada (obviedad de obviedades), sino de la realidad condicionada, de mil maneras, a un constante fluir».

En resumen, los tres manifiestos tienen como punto de partida la creación de una vida-obra/arte-vida, en donde la realidad es una constante sinfonía que paulatinamente se convierte en cacofonías de expresiones presentes. Es salir de lo apolíneo y embarcarse en lo dionisíaco, y dejar que el Dios Pan tome su lugar en su naturaleza con el mundo. 

Como toda vanguardia, el Infrarrealismo sufrió de la amnesia de la Historia y del polvo de su tiempo. Pero lo que cabe rescatar como propuesta de aliento creativo, es la búsqueda de un nuevo arte no impuesto por los cánones de la «Academia». Un arte que hable a través de sus propios «nervios». Más que una creación de vísceras, de carne y vida; el Infrarrealismo es la frontera con las parábolas del silencio, las cuales están en el camino por recorrer en su propia figuración con el presente. Posiblemente: «el infrarrealismo es una mandarina cuya cáscara es pelada con los dientes mientras se sigue saboreando».


Un ensayo de Edu Prado para Barbas Poéticas, 2020

Evocando a José Vicente Anaya

En aquella primera reunión de muchas que sostuvimos a lo largo de la década, charlamos sobre las traducciones que Vicente hizo de algunos miembros de la generación beat, específicamente de las versiones en español de dos libros de Allen Ginsberg: Aullido y otros poemas y Kadish. Grabé nuestra conversación y después la transcribí para que formara parte como uno de los anexos de mi tesis. Las palabras de Vicente y su experiencia como traductor aclararon muchas dudas que yo tenía en torno al tema de la traducción de poesía y hasta el día de hoy le estoy profundamente agradecido por su generosidad, lo cual le expresé en varias ocasiones en vida.

Conocí a José Vicente Anaya, si la memoria no me falla, en enero de 2011. En aquel entonces, yo cursaba la Licenciatura en Idiomas y estaba preparando una tesis sobre la traducción de poesía del inglés y del francés al español. A través de un amigo en común, pude entrevistarme con él en la mítica librería Gandhi de la avenida Miguel Ángel de Quevedo, en la Ciudad de México, librería que, por cierto, fue la primera tienda de esta conocida cadena de librerías en el país. También recuerdo que la cafetería, en la parte alta, es un lugar muy acogedor y se presta para todo tipo de charlas literarias en un ambiente rodeado de libros, propicio para hablar de letras. Supe que a José Vicente Anaya le encantaba ese lugar por su café y para reunirse con sus amigos, sobre todo los del gremio literario.

            En aquella primera reunión de muchas que sostuvimos a lo largo de la década, charlamos sobre las traducciones que Vicente hizo de algunos miembros de la generación beat, específicamente de las versiones en español de dos libros de Allen Ginsberg: Aullido y otros poemas y Kadish. Grabé nuestra conversación y después la transcribí para que formara parte como uno de los anexos de mi tesis. Las palabras de Vicente y su experiencia como traductor aclararon muchas dudas que yo tenía en torno al tema de la traducción de poesía y hasta el día de hoy le estoy profundamente agradecido por su generosidad, lo cual le expresé en varias ocasiones en vida.

            También, en aquella primera ocasión que me reuní con él, me obsequió un par de libros: Peregrino y Versus: otras miradas a la obra de Octavio Paz. El primero es un poema de largo aliento en la misma línea de su conocido poema «Híkuri»; y el segundo, una serie de ensayos de varios autores que Vicente compiló y editó, y también una muestra de su mirada crítica a la poesía contemporánea en México, muy influida por Paz. Precisamente esa postura crítica, entre otras características, es por lo que se le recuerda.

José Vicente Anaya nació en Villa Coronado, Chihuahua el 22 de enero de 1947. Estudió sociología en la década de los sesenta en la unam, de hecho, participó en el movimiento estudiantil de 1968. Algunos años más tarde, se matriculó en la Licenciatura en Letras Hispánicas en la misma universidad pero, según me confesó en una de nuestras charlas, desertó de la carrera porque él buscaba, más bien, estudiar la literatura contemporánea de su época y, contrario a sus deseos, tanto sus maestros como el plan de estudios se apegaban al estudio de los clásicos. En aquella época de cambios y revoluciones en el pensamiento en México y el mundo, a José Vicente le tocó ser uno de los fundadores del infrarrealismo, un movimiento literario caracterizado por su heterogeneidad, pero especialmente por rebelarse en contra de la poesía de su época, controlada por las mafias culturales de la Ciudad de México. También fue autor de uno de sus manifiestos. A los infrarrealistas se les recuerda por irrumpir en recitales de poesía y por escribir sobre el gozo del sexo, el disfrute de la vida y la conexión con nuestros antepasados, entre otros muchos y muy variados temas en sus poemas.

La vida nos volvió a reunir algunos años después a propósito del infrarrealismo. En el mes de julio de 2014, en pleno mundial de futbol, grabamos una entrevista para un programa de radio que yo conducía en aquella época: Rock y Letras. La charla se llevó a cabo en una librería de la Ciudad de México con José Vicente como invitado especial y con la compañía de mi amigo y tocayo Eduardo Prado, gran conocedor y entusiasta del infrarrealismo. No puedo dejar de mencionar la generosidad de Vicente: siempre puntual, siempre amable y dispuesto a charlar con las generaciones jóvenes. Por cierto, en aquella entrevista, nosotros nos dirigíamos a él como «maestro», a lo que él contestaba: «¿Por qué me dicen maestro si yo nunca les he dado clases? Llámenme simplemente Vicente, como me dicen mis amigos» Sin embargo, a pesar de su respuesta y aunque efectivamente nunca le dio clases a muchas personas jóvenes interesadas en la literatura, Vicente fue verdaderamente un maestro para muchos de nosotros, ya que de él aprendimos mucho y nos introdujimos al mundo de vivir la literatura desde una perspectiva más real, más viva, más humana, alejándonos del canon y del academicismo que, en ocasiones, no hace sino mermar la literatura, acartonarla, anquilosarla.

Me reuní nuevamente con Vicente en el año de 2016 cuando inicié mis estudios de Maestría en Producción Editorial en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En dicho posgrado, desarrollé una antología bilingüe (inglés-español) de la obra poética de Lawrence Ferlinghetti, reconocido poeta, editor y difusor de la generación beat a través de su librería y editorial City Lights en San Francisco, a quien Vicente conoció y con quien se reunió las veces en que Ferlinghetti estuvo en México. Le comenté a Vicente sobre el proyecto y le solicité que redactara un prólogo que hiciera las veces de invitación a la lectura de la antología. Vicente, con la generosidad que siempre lo caracterizó, respondió que por supuesto, le entusiasmó la idea y de inmediato accedió a redactar el prólogo, mismo que será publicado por primera vez y de manera póstuma en esta revista, como parte del homenaje que Barbas Poéticas hace al maestro. En aquella charla, cuando puse sobre la mesa el asunto del dinero que yo le iba a pagar por su prólogo, Vicente me dijo que no era necesario, que para él sería un gusto colaborar en un proyecto de esa naturaleza, en un libro de uno de los autores de la generación beat, uno de los temas que más le apasionaba.

De hecho, también fue el maestro de muchos en torno a la generación beat. A Vicente lo tocó ser dueño de una generosa colección de libros de autores beat, pero no sólo eso, sino ser también uno de sus traductores fundamentales en México y en general en el mundo hispánico. Fue pionero, ya desde la década de los setenta, en la difusión de este movimiento literario que tanto impacto y controversia ha causado a lo largo de los años. De no haber sido por el entusiasmo de Vicente, evidente en los libros, artículos, ensayos y traducciones que dedicó al tema, poco se conocería acerca de la generación beat en México.

Una de las características que hermanaba a Vicente con los autores beat fue su profunda religiosidad, pero no una religiosidad entendida como alguien que simplemente reza y va a la iglesia y trata de «portarse bien», sino más bien la de una persona que medita; que intenta vivir experiencias religiosas en el sentido más vasto del término; que comprende que el plano terrenal es pasajero y que no es la única forma de existencia; que los sueños pueden ser otras realidades como cuando afirma, en su celebrado poema «Híkuri»: mi domicilio exacto son los sueños. A propósito de su religiosidad, alguna vez me confesó que le hubiese gustado retirarse a algún monasterio y dedicarse a la vida monacal en su vejez. Si bien ese deseo no se cumplió, sí fue un monje citadino que compartía sus reflexiones en charlas de café con sus amigos, con sus lectores, en comidas, en sus libros, en sus poemas, en sus ensayos, en presentaciones de libros, en entrevistas, etcétera.

Que la muerte no sea un final, querido Vicente, sino un nuevo comienzo en alguna de esas otras realidades de las que tanto te gustaba hablar. Que tu viaje sea ligero porque ya nos encontraremos nuevamente en el camino.


El mal eterno e invencible: Un traje rojo para un duelo, de Elena Garro

Si se trata de un libro central, ¿por qué pasó inadvertido? En principio, como la mayoría de los textos escritos por Garro, tuvo que esperar un largo periodo para ser publicado. En el caso de esta noveleta, se especula que el retraso pudiera deberse a que alude a la casa de Josefa Lozano, madre de Octavio Paz, y relata muchos sucesos ocurridos allí, algunos privados y graves.

Si hace quince años alguien me hubiera dicho el protagonismo que alcanzaría Elena Garro como emblema de la literatura femenina contemporánea de México, difícilmente lo habría creído. En ese entonces su desprestigio era casi unánime: se trataba de una mujer que escribía sobre mujeres (¡oh sacrilegio!) y aún cargaba con la etiqueta de delatora que le habían adjudicado a raíz de unas desafortunadas (y descontextualizadas) declaraciones realizadas a partir de la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, ocurrida el 2 de octubre de 1968. Garro era, por su leyenda negra de soplona, entre otras cosas, una escritora maldita.

Si bien es cierto que la revisión de la historia ha permitido esclarecer muchas injusticias cometidas en su contra –aquí hay que resaltar el trabajo realizado por el periodista Rafael Cabrera en este sentido-, Garro sigue teniendo un lado oscuro en su ficción. He afirmado en más de un sitio que el tema que atraviesa su narrativa y la cohesiona es la obsesión de la autora con el Mal. Los críticos, hasta hace algunos años, parecían estar de acuerdo en que la obra de esta escritora estaba dividida en dos partes, una luminosa, llena de imaginación, y otra oscura, asfixiantes y crudamente realista. La propia Garro se encargó de desmentir esta clasificación en varias entrevistas, con poco éxito, pero la lectura de sus novelas y cuentos, siguiendo el orden cronológico de su producción, permite observar que su gran obra, en conjunto, da cuenta de su tránsito de la mínima esperanza al total desencanto ante la incapacidad de hacerle frente al Mal en el mundo.

La lectura cronológica que propongo encontraría que en el núcleo de la producción de la autora se encuentra una noveleta prácticamente desconocida: Un traje rojo para un duelo, publicada originalmente por Castillo, y recientemente reeditada como una de sus Novelas escogidas. Este texto se trata también de uno de los menos atendidos por críticos y especialistas: recibió solo una reseña en una publicación de la UNAM, me parece, y apenas un puñado de trabajos críticos. Sin embargo, una mirada más atenta podría apuntar hacia su gran importancia, puesto se trata del punto de inflexión en la mirada de la autora y el trabajo en el que es más explícita en su interés por el estudio del tema que ya he señalado.

Si se trata de un libro central, ¿por qué pasó inadvertido? En principio, como la mayoría de los textos escritos por Garro, tuvo que esperar un largo periodo para ser publicado. En el caso de esta noveleta, se especula que el retraso pudiera deberse a que alude a la casa de Josefa Lozano, madre de Octavio Paz, y relata muchos sucesos ocurridos allí, algunos privados y graves. Si intentáramos localizar a qué pasaje de la vida de Garro alude esta historia, encontraríamos que coincide con la muerte de su padre y con anécdotas ocurridas aproximadamente en esa época, cuando la familia Paz-Garro vuelve de Europa y tiene que instalarse en la Ciudad de México. Podemos encontrar el equivalente de algunos pasajes de su diario en ciertas escenas de la noveleta, por ejemplo, un intento de suicidio (que, por cierto, también se alude indirectamente en Testimonios sobre Mariana); la mezquindad de Josefa Lozano para con su nieta, Helena Paz; el desprecio que manifestaba Paz por la familia de Garro; la injusta repartición de bienes después del divorcio y el esfuerzo que invirtió la autora en amueblar un departamento propio y, finalmente, los comentarios hirientes que Paz le hacía a Helena Paz sobre su madre. La diferencia principal entre los relatos que aparecen en los diarios y la noveleta es que en los primeros Garro escribe desde su propia experiencia, mientras que en la segunda adopta el punto de vista de la hija, que observa a sus padres (y a los adultos en general) como seres mezquinos y crueles, o bien, fracasados y a la deriva.

El juicio de Emmanuel Carballo –y de otros estudiosos- de que Un traje rojo para un duelo, junto con el resto de las obras posteriores a Andamos huyendo Lola, carecen de calidad literaria, se debe a que el hecho de darse a conocer de forma tardía produjo la impresión de repetir los temas y situaciones que Garro había explotado ya en su producción anterior: la suegra y el marido que persiguen a una mujer inocente que sufre por un amor prohibido, imposible y lejano, quien es el único que podría liberarla de esa persecución. Sin embargo, si consideramos que ésta noveleta es el antecedente de todas esas obras, notaremos que se trata del trabajo en el que el concepto garriano del Mal comienza a explicitarse, además de ser el punto de cohesión de los rasgos estilísticos y los elementos temáticos que serían característicos en la producción de la autora, además de poseer características propias que la dotan de singularidad.

En Un traje rojo para un duelo, como en los primeros y más célebres textos de la autora, coexisten dos mundos paralelos, uno real y otro aparentemente mágico: Irene –la protagonista- narra un episodio de su vida desde una perspectiva tan personal que nos inserta en un submundo constituido exclusivamente por lo que ella ve o piensa. Este mundo parece regirse por las reglas de los cuentos de hadas, donde su abuela paterna es un ser maligno y prácticamente omnipotente, que controla a quienes la rodean, incluido un insecto, al cual se le atribuye un pacto con el diablo y la inteligencia necesaria para espiar a Irene e incluso trazar con su trayectoria en la pared la palabra “suicídate”, como un mensaje dirigido precisamente a ella.

Por otra parte, la historia de amor dividido –una mujer entre un esposo hostil y un hombro imposible- será también un motivo repetido en la producción garriana. En este caso, no es el principal, sino solamente uno de los factores que han dado pie a la situación actual de Natalia, la madre de la protagonista. Curiosamente, a pesar de que esta historia está contada por una niña, es distinta a otras de Garro, pues también aparece el elemento adulto y realista (la trama de amor y adulterio). Por ello, la visión de la narración de la narradora es distinta de la de otras protagonistas niñas, quizá porque en los otros relatos Garro narraba desde la perspectiva de su infancia, mientras que en éste lo hacía desde la de su hija. En esto radica gran parte de la originalidad del libro, pues la hija no mira con tanta compasión a la mujer adulta que en otras historias nos parecía una víctima de las circunstancias, sino que la juzga duramente por sus deficiencias como madre, mientras que es mucho más compasiva con su padre, el marido hostil que en otras novelas de la autora aparecía como un enemigo con pocos matices.

El único tema que tiene la misma importancia en esta novela que en el resto de la narrativa de la autora es el de la crueldad, representada como la materialización del Mal. Siempre existe una constante tensión entre una fuerza hostil y su víctima, quien no tiene escapatoria posible. A partir de esta obra, la desesperanza sólo se recrudecería en las historias de Garro, pero en ésta existe una cierta ambigüedad. Si bien, Un traje rojo para un duelo es una especie de novela de crecimiento en la que la protagonista madura, no porque conozca el amor conyugal o filial, sino por el descubrimiento de la maldad humana –lo cual es una sutil declaración acerca de la condición femenina que la autora desarrollaría también a través de toda su obra-, el desenlace es abierto: la protagonista ha tenido que huir, se esconde, pero quizá se salve. Se trata de la única obra de Garro en la que hay una cierta esperanza en el final, pues todo lo que escribió a partir de entonces cancelaría esa posibilidad de manera tajante, presentando como única escapatoria a la muerte.

En suma, la revisión cuidadosa de la narrativa de Elena Garro permite afirmar que Un traje rojo para un duelo tiene una importancia mayor a la que se le ha atribuido hasta ahora, no sólo por su valor literario, sino por lo que aporta a la comprensión de la obra de esta autora en conjunto.


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