Comentario editorial sobre «La contralgoritmia es la nueva contracultura«, publicado en Jot Down en enero de 2025, y el libro Contralgoritmia de Ángel L. Fernández (Jot Down Books, 2026).

El diagnóstico es preciso. Los algoritmos no imponen, seducen. No censuran: gratifican. No prohíben contenidos, los hacen invisibles. Fernández lo articula con claridad: vivimos bajo la promesa constante de la gratificación, no bajo la amenaza de la censura, y esa distinción cambia todo. Un sistema que prohíbe genera resistencia. Un sistema que da exactamente lo que quieres, pero decidido por él, genera dependencia sin que nadie lo perciba como coerción. El algoritmo no nos mira como individuos complejos — nos analiza como secuencias previsibles.
Frente a eso, la contralgoritmia propone gestos concretos: leer en papel, elegir con conciencia, construir redes que no dependan de las plataformas dominantes, exigir transparencia a las empresas tecnológicas sobre cómo funcionan sus sistemas de recomendación. No es tecnofobia — es, como el propio Fernández aclara, una postura pragmática. El problema no es la tecnología sino los incentivos comerciales que la diseñan. Hasta aquí, todo correcto. El problema aparece un paso después.
Hablamos sobre una propuesta similar hecha por Ted Gioia aquí: La nueva contracultura ya está aquí. El problema es que ya la vimos antes.
William Burroughs llegó al mismo diagnóstico en 1970. En La Revolución Electrónica escribió que el lenguaje funciona como un virus: no te prohíbe, te infecta. Quien controla los canales de distribución controla la percepción. Su respuesta fue el sabotaje activo: cortar el flujo, recomponer el código, usar las herramientas del control contra sí mismas. El cut-up como contra-virus. Era una propuesta para quien estaba dispuesto a quemarse con ella — sin plan de salida, sin preocupación por la viabilidad, sin libro en Amazon.
Burroughs para los radicales. Fernández para los intelectuales. Ambos tienen razón — pero solo uno incomoda de verdad.
La Rebeldía Pragmática no elige ninguno de los dos bandos —y no porque busque el término medio cómodo. Es una tercera posición con criterios propios. El radical se queda en la explosión: pocos continúan, la mayoría se convierte en estatua. El intelectual cierra el libro después de la presentación y vuelve a su vida. La Rebeldía Pragmática apunta a otra cosa: innovar, cambiar algo concreto, construirlo bien, y seguir adelante mientras el siguiente creativo rebelde llega y rompe lo que hiciste para crear algo mejor. No es cobardía. Es entender que el ciclo no termina contigo —y que eso es una buena noticia.
El radical explota. El intelectual archiva. El pragmático construye y suelta.
La historia de la música independiente lo documenta con precisión. Fugazi construyó durante veinte años un modelo DIY absoluto: precios de entrada accesibles, sin merchandising, sin majors, distribución propia. Infraestructura real, no postura. Sonic Youth firmó con DGC —subsidiaria de Universal— en 1990 y usó los recursos de la corporación para producir Goo sin ceder el catálogo anterior ni el control creativo. Infiltración con integridad. Nirvana fue el caballo de Troya que abrió el mainstream al underground y terminó siendo el underground más vendido de la historia. Tres estrategias distintas, un mismo ciclo: la resistencia que construye algo dura; la que solo declara una postura, no. Y la contralgoritmia no escapa de esa lógica: nació como artículo, se convirtió en movimiento con web propia y sello de certificación, y hoy es un libro disponible en las principales plataformas de distribución digital.
Esto no invalida el argumento; lo ilustra. Un manifiesto anti-algorítmico que necesita algoritmos para distribuirse no es una contradicción moral; es la demostración de que el ciclo es inevitable. Lo que sí merece preguntarse es qué queda cuando el ciclo termine: gestos individuales conscientes o infraestructura que funcione sin el entusiasmo del momento fundacional. Fernández lo reconoce implícitamente cuando señala a Jot Down como ejemplo de medio contralgorítmico — llevan más de una década publicando formato largo, apostando por la profundidad, construyendo comunidad antes que audiencia. Eso sí es infraestructura. El problema es que ese ejemplo aparece como ilustración lateral de los principios del libro, no como el centro del argumento. Y la diferencia entre los dos es la diferencia entre un manifiesto y un modelo.
Un dato que completa el cuadro: en México no existe ningún texto, análisis ni reseña sobre la contralgoritmia ni sobre el libro de Fernández. Ninguno: hasta hoy. El debate que Jot Down abrió en España llega aquí, como siempre, con retraso y como importación. Los beats llegaron cuando ya eran historia en San Francisco. El punk llegó cuando Londres ya lo había domesticado. La contralgoritmia llegará como concepto europeo que adoptar, con sus principios traducibles y sus sellos de certificación listos para pegar en proyectos que tampoco tendrán claro qué certifican. No es imperialismo cultural — es el mismo mecanismo operando en otro territorio: resistencia con manual de instrucciones ajeno, sin preguntarse qué resuelve aquí, con esta historia, con esta industria cultural específica.
Este texto llega a sus lectores a través de WordPress y Substack, plataformas con sus propios algoritmos. Eso no lo hace menos honesto, lo hace transparente. La diferencia entre producir algo que valga la pena y gestionar una identidad rebelde no está en la plataforma. Está en si hay algo real debajo de la etiqueta.
Resistir el algoritmo con otro algoritmo es cambiar de jaula. Construir algo que permanezca cuando la jaula cambie de nombre — esa es la conversación que nos interesa.

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