La contracultura no nos hace falta: nos hace falta entender por qué siempre termina igual

La contracultura mexicana siempre termina igual: absorbida, mitificada, vendida en playeras. No porque el sistema sea omnipotente, sino porque el ciclo cumple una función que no siempre se examina.

Comentario editorial sobre la pregunta planteada por la revista Retruécano: «¿Nos hace falta más contracultura?»

En 2017, Dorian Huitrón Álvarez publicó en El Retruécano una pregunta que todavía vale la pena hacerse: ¿nos hace falta más contracultura? El texto rastrea el ciclo con honestidad: reconoce que todo movimiento contracultural termina siendo absorbido o matizado por la cultura institucional, que la ideología hippie y punk se convirtió en moda, que la energía se gasta sin dejar estructura. Lo dice, lo nombra, y aun así concluye que hay que mantener el impulso. Es una buena respuesta a la pregunta equivocada.

Aunque haya pasado casi una década, es útil llevar la pregunta un paso más adelante.

Empecemos por donde nadie empieza: la contracultura no la inventaron los jipis, ni los punks, ni los jipitecas, ni los beats. Ken Goffman rastreó el patrón desde Abraham hasta el acid house: en cada siglo, la cultura dominante produce a sus propios disidentes. Norbert Elias lo explicó desde otro ángulo: el individuo civilizado paga su seguridad con una insatisfacción continua, y cuando esa insatisfacción alcanza su umbral, estalla. Ocurrió con los románticos del siglo XIX reaccionando contra la Ilustración, con los taoístas rechazando el confucianismo de Estado. Desde el siglo XX solo le cambiamos el nombre. Y sigue ocurriendo. No es generacional, sino constitutivo de la especie.

El ser humano, por naturaleza, se aburre cuando vive relativamente bien. Y cuando se aburre, se rebela.

La contracultura surge porque la civilización, en su propia lógica, produce siempre las condiciones para su propio rechazo — el ciclo no es un accidente de la historia, es su mecanismo, y rebelarnos con arte y cultura no nos convierte en héroes poéticos.


José Agustín lo documentó el ciclo propio de México mejor que nadie: Onda, represión, hoyo funqui, fragmentación, nueva Onda. Lo trazó con precisión de cronista y con la calidez de alguien que lo vivió desde adentro. Pero Agustín no preguntó por qué el ciclo siempre termina igual. Eso no era su trabajo. Es el nuestro.

Huitrón Álvarez tampoco lo pregunta. Y ahí está el problema. Cuando concluye que lo más importante es mantener el impulso subversivo de la juventud, asume que más subversión produce más transformación. Heath y Potter lo demostraron en 2004: el consumidor rebelde sigue comprando, solo que en otro sector. La energía se mueve, el capital no. Carlos Granés agrega el dato mexicano que había sido dibujado desde Parménides García Saldaña: la contracultura mexicana importó los modelos anglosajones — los beats, el hippismo, el punk — sin preguntarse si resolvían algo aquí, en este país, con esta historia. Rebelión con manual de instrucciones ajeno. Do your own thing, pero en inglés y de importación. El resultado fue una contracultura que aprendió la pose, pero no construyó el andamiaje.

La identidad mexicana opera, desde hace siglos, con mitos que necesitan enemigos y enemigos que necesitan caudillos. Lo señaló Paz y lo repiten los hechos cada sexenio sin que nadie se sorprenda. La contracultura mexicana no escapó de esa estructura — la reprodujo en miniatura. Tiene su enemigo (el sistema, la cultura oficial, la música pop), su caudillo (Avándaro, el Tri, Rockdrigo, los beats, los infras), su mito (la pureza traicionada, la revolución truncada, el vendido de turno). El ciclo no termina porque cumple una función: genera identidad, produce pertenencia, ofrece la ilusión de combate sin exigir que se construya algo que dure.

La contracultura decorativa no se opone al sistema. Lo completa.

El texto de Huitrón Álvarez termina con una pregunta que nos parece justa: no un qué, sino un porqué. Estamos de acuerdo. Sin embargo, el porqué que nos interesa no apunta hacia el sistema, la hegemonía, la cultura institucional. Apunta hacia adentro: ¿por qué el ciclo siempre termina igual, y por qué cada generación hereda la pose sin la infraestructura?

Esas preguntas no se responden con más subversión. Las responde saber qué queremos transformar concretamente, y si la postura de rebeldía es la herramienta o el espectáculo.

La diferencia entre las dos no siempre es visible desde adentro.

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