Poemas de horror para una Generación Zen

La noche tiene la forma de un grito de lobo

ALEJANDRA PIZARNIK

 

Llevas tatuajes y la carne desgarrada con delicadas motas de acero inoxidable, un arcoíris viste tu melena como una forma de mantener alianzas con los espíritus de ancestros olvidados. Tu maquillaje recuerda las antiguas vestales, ceremonias en la oscuridad, sexo libre, sin látex. Aún padeces ciertos traumas por tu maestro de piano de la primera infancia. Debussy te produce escalofríos, lo mismo que Chopin y Mozart. Te recuerdan su voz, su parsimonia, su lujuria (no)velada. El tacto de sus manos con olor a Nivea y su perfume de flores panteoneras; ese aliento nicotínico que tanto te repugnaba es ahora un confesionario, en cada cajetilla asfixias un pecado ajeno en ti encarnado. Napalm Death, Six Feet Under, Lamb of God revientan tus tímpanos con matemática decadencia, con sublime putrefacción. Lo sabes. Todos tus recuerdos son flores marchitas en el cementerio sin lápidas de tu piel.

 

Juan iba a la capilla de la ex-hacienda
Ahora convertida en hotel y spa para citadinos atribulados
Cuando el terremoto cimbró su cuerpo
Y tambaleó la escalinata
Desde la fachada
Calló la nariz de un santo
Y la cabeza del niño Jesús
Pero ni así
La virgencita
Nos hizo el milagro de llorar
Lágrimas de sangre
Pensó Juan
Taciturno
La religión convertida en turismo agnóstico
Dios convertido en Historia
Su imagen en suvenir
Juan no podía tolerarlo
Iba cada domingo con el párroco
A confesar su único vicio
El pulque
Que le había quitado
A golpes de machete
Mujer e hijos
Por los que purgó
Una insignificante condena
En el penal
Todos lo evitaban como si tuviera lepra
Pero todos lo necesitaban
Como a un ángel de la guarda
Alguien que aún sabía cómo platicar
Con los espíritus
Cómo contactar a los muertos
Cómo reparar los daños
Sin usar un bisturí ni anestesia
Ni las carísimas medicinas de las farmacias
Juan era carne
Y se hizo verbo
Y el verbo habitó en él
Templo que sangra
Templo que ningún terremoto puede destruir
Y que los turistas no pueden profanar
Refugio humano de un dios fugitivo
Prisionero de su propia creación.

 

Que no se diga: “¡Este hombre es un impostor!”. Las balas purifican lo mismo que el fuego del que nacen.
Nota que un suicida olvidó, por descuido o desesperación, en el café que acostumbraba.

 

El placer tiene alas
Alas negras y pelonas
Como las de los murciélagos
Alas de látex
Alas de sueños bocabajo
El placer nos abraza con esas alas
Despacio
Nos envuelve
Crisálidas invertidas
Dentro de las que nos convertimos
En espectros descarnados
El placer nos desgarra
Toca nuestro espíritu
Con la punta de los nervios
Y vomita sobre él
La nada
Y la desesperación
De la que nacen
Los poemas.

 

genzen portada

 

La ansiedad es un hombre sin futuro
Que teclea
En una computadora desactualizada
Palabras o números
Que no le incumben
Efímeras historias sin Historia
La ansiedad es un hámster
En una caja de cartón
Que llevas de regalo para tu hijo
Que se divorció de ti
Junto con su madre
Porque fuiste un cabrón
O simplemente
Porque trabajaste hasta tarde
O porque descubriste
Que te gustaban los penes
Tanto como las vaginas
Y se la chupaste a tu compadre
En el bautizo de tus gemelas
La ansiedad es una historia
Inconexa
Que nos conecta a todos
Como la red de Carlos Slim
Diminuto hijodeputa
Que nos tiene tecleando números
O palabras
Que sólo para él y sus amos tienen sentido
La ansiedad son las gotas vacías de clonazepam genérico
Porque ya note alcanza para uno de patente
La ansiedad nos teje un suetercito en la silla
De la abuela carcomida por el cáncer
Y sin embargo inmortal
En sus críticas de anciana prejuiciosa
De señora de una casa honorable
La ansiedad está en Japón
Y sus bosques en los que retoñan suicidas
Como flores macabras
La ansiedad es una clase de yoga
con diez señoras divorciadas
de sus maridos bisexuales
o golpeadores
o millonarios
(que ya se compraron un modelo del año)
la ansiedad no tiene época
ni religión
ni palabra
la ansiedad permanece
es una historia inconexa
de la que el Buda huyó
como un maestro
Dicen
que nos quiso enseñar a huir
pero huir resulta tan difícil
porque para huir de la ansiedad
debemos permanecer
en ella.

Koan: Mientras caminaban por un jardín de piedras, un discípulo interrumpió la meditación de su maestro zen, con la siguiente pregunta: “Maestro, ¿qué debo hacer si en el camino a la iluminación me encuentro con una mujer hermosa y nos deseamos?”; a lo que el maestro, serenamente, respondió: “Si en el camino a la iluminación te encuentras con una mujer hermosa y se desean, olvida el camino y olvida la iluminación”.


 

Fragmento de la plaquete Poemas de horror para una Generación Zen, de J.M. Lecumberri, para Barbas Poéticas, enero 2019.

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